One battle after another: la lucha que se valora sólo en la ficción
Una película que trasciende su triunfo en los Oscar para instalar preguntas incómodas sobre identidad, marginalidad y poder. One battle after another —Una batalla tras otra en español—, tensiona los límites entre la ficción y la realidad, en un mundo donde la disidencia social sigue siendo castigadas.
El domingo 15 de marzo se celebró la 98° edición de los Premios Oscar, concedidos por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS), en los Estados Unidos. Durante el encuentro, el galardón a Mejor Película cayó en One battle after another, dirigida por Paul Thomas Anderson y protagonizada por Leonardo DiCaprio.
La cinta sigue la historia de Bob Ferguson, un exrevolucionario que se ve obligado a abandonar su retiro para volver a la acción cuando su hija queda atrapada en una conspiración vinculada a fantasmas de su pasado. Acompañado por antiguos compañeros de lucha, Bob descubrirá que el pasado no fue más que el detonante de ese impulso insurgente que no da tregua frente a la adversidad.
A pesar de no ser el filme más nominado, logró consagrarse como la gran triunfadora de la noche, al imponerse en las categorías de Dirección, Casting, Montaje, Guión Adaptado y Actor de Reparto. De este modo, compartió protagonismo con Kpop demon hunters, Sinners y Frankenstein, consideradas entre las favoritas de la crítica.
Más que una obra premiada
Los Premios Oscar se caracterizan por reconocer la excelencia en distintas disciplinas del cine, como la actuación, la escritura y la cinematografía. En ese contexto, el hecho de que One battle after another —mejor conocida como Una batalla tras otra en Latinoamérica— haya recibido el máximo galardón no es para menos, sin embargo, esta no es la mayor victoria de la cinta.
El mayor mérito es que este largometraje logra sorprender, seducir, cautivar, incomodar y provocar al espectador. Es una cinta que golpea, pero que invita a ser empático. Eso la convierte en algo más que una película “perfecta”. La trama y los personajes nos recuerdan quiénes somos y cómo nuestros ideales moldean nuestro actuar, nuestros deseos, nuestros miedos o nuestras tristezas. Algo de lo que no se puede escapar.
En otras palabras, el filme logra que el espectador empatice, vea como aliado a aquellas voces que habitan el silencio y la censura constante, las mismas que luchan por ser escuchadas aún cuando el mundo alardea de ser uno globalizado e hiperconectado.
Hoy el cine está dominado por la técnica de Imágenes Generadas por Computadoras (CGI) y la nostalgia fácil, reviviendo clásicos con nuevas secuelas o remakes. A pesar de ello, Una batalla tras otra crea un espacio y propone algo distinto: una mirada persistente, analítica e inquieta del desgaste humano, de los deseos y anhelos que nunca llegaron y de las guerras que no salen en los medios de comunicación, pero que definen las vidas de quiénes las libran. Además, invita al espectador a reflexionar sobre el entorno que le rodea y que papel adoptará en este mundo que está en constante cambio.
Entonces, nuevamente: su triunfo no es meramente artístico, también es una demostración de que aún hay espacios para historias que son capaces de provocar y seducir más que complacer a quien las consume. ¿De verdad alguien puede verla y no cambiar en absoluto?
Personajes desde el margen
Siguiendo el hilo, los protagonistas de la película no son héroes tradicionales, sino marginados: hombres y mujeres que luchan y actúan por un lugar en una sociedad que nunca los acogió. Ya sean mujeres afroamericanas, miembros de la comunidad LGBTIQ+, minorías étnicas o personas de escasos recursos. Lo cierto es que la cinta instala un terreno donde los personajes cargan con sus propias contradicciones, donde cada decisión parece tener un costo inevitable que puede significar el fin del camino.
Por otro lado, la película también se encarga de mostrar cómo el desgaste de años de revolución provocan una alteración en la condición humana: relaciones que se fracturan por la presión constante, oportunidades que nunca se concretaron, deseos que se quedaron en el mundo onírico y una sensación donde cualquier intento de cambio es una apuesta riesgosa.
Los personajes no solo viven al margen: piensan desde el margen, sienten desde el margen, aman desde el margen. Hay en ellos una característica particular —incluso se le podría llamar literaria— en su forma de mirar el mundo: lo hacen desde la exclusión, con desconfianza, resignación y, a veces, con una esperanza casi imperceptible.
Esto se refleja en los roles de Bob y Willa, padre e hija respectivamente, que viven ocultos en Baktan Cross, un pueblo lleno de inmigrantes latinos y apartado de toda gran urbe. El pasado revolucionario aún está ahí, como un fantasma que los sigue y vigila sin cesar. Salvo por la escuela, los amigos de Willa y las clases de karate a cargo de Sensei —otro compañero de lucha—, Bob desconfía de las personas y del sistema. Está convencido de que la autoridad no mostrará compasión si lo atrapan.
No obstante, lo más significativo es que tampoco es una copia de Rambo, más bien es un guerrillero que comete errores, tiene altibajos y que no tiene miedo de usar un fusil de asalto tipo AK-47, pero sí de perder a las personas que ama.
“Esperarías que un exrevolucionario supiera todas las respuestas, pero en realidad es un hombre lleno de equivocaciones. Lo que lo hace heroico no es su perfección, sino su perseverancia. Su verdadero acto de valentía es estar presente para su hija”, reflexionó DiCaprio en la avant premiere realizada en Ciudad de México.
Por su parte, Willa encarna a la nueva generación: aquella que no tiene miedo de mostrar el rostro para manifestar su descontento. A diferencia de Bob —quién incluso desconfía de los celulares—, ella los utiliza con naturalidad, sale a la calle con mayor frecuencia y participa activamente en redes sociales, hábitos que ha adquirido de su círculo de amigos.
A lo largo de sus dieciséis años, su padre le ha relatado cómo su madre fue una heroína del movimiento de izquierda radical French 75, pero no es sino hasta los acontecimientos del filme que descubre el resto del pasado revolucionario de sus progenitores, lo que la obliga a adaptarse a un mundo donde la identidad, los valores y el historial quedan expuestos ante cualquier usuario en línea y, al mismo tiempo, plantearse si seguirá el camino de sus padres o uno absolutamente distinto.
Cuando la ficción se cruza con el ICE
En el transcurso de la cinta, los fantasmas del pasado vuelven a tocar la puerta de esta familia y, aún así, logran sobreponerse a los nuevos obstáculos para regresar a casa e intentar construir una nueva vida. No obstante, ¿seguiría siendo la misma historia si quien los persiguiera fuera el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)?
Siendo una de las principales agencias federales de Estados Unidos, el ICE se encarga de la detención y deportación de inmigrantes irregulares. Del mismo modo, también posee la facultad de detener a ciudadanos estadounidenses que obstruyan dichos procedimientos. Ha adquirido mayor relevancia debido a las políticas de Donald Trump contra la inmigración ilegal. Hasta diciembre de 2025, se han producido 328.000 arrestos y 327.000 deportaciones de personas, principalmente del sector latino.
Bajo este panorama, ¿Bob tendría alguna posibilidad de escapar del ICE o estamos en un sistema que deja muy pocas opciones a quiénes desafían sus reglas? Y Willa: ¿qué tan probable es que sospechen de ella por su color de piel?
Como se mencionó con anterioridad, los protagonistas de Una batalla tras otra pertenecen a sectores marginados de la sociedad norteamericana, y si le agregamos que participan en movimientos de ultraizquierda, la persecución ya no es meramente migratoria, sino ideológica. ¿Por qué el país que se autodenomina como la “Tierra de la Oportunidad” castiga a quién piensa distinto y persigue a quiénes buscan esa oportunidad?
No obstante, ¿aún las hay?
Es incierto, especialmente cuando el máximo poder lo ejerce un hombre que cree en el bienestar de la minoría económica más poderosa, que se jacta de ser un buen líder cuando amenaza con encerrar a su propio pueblo y que pretende imponerse por sobre el resto del planeta cuando no es capaz de reparar los daños irreparables que su nación ha ocasionado sobre otros.
Si Bob y Willa vivieran en esta realidad, el ICE convertiría su existencia en vigilancia y persecución, considerándolos una amenaza constante para la institución y la ley. Él puede ser visto como un héroe no tradicional, pero bajo la mirada de la agencia federal no sería más que un “terrorista”, como un virus que, de propagarse, amenaza la integridad y soberanía de Estados Unidos y que se debe contener de inmediato, mientras que Willa, por su parte, dejaría de ser ese personaje que busca una vida más “normal” para transformarse en alguien que hereda el miedo y la incertidumbre.
Entonces, más que preguntarse cómo serían sus vidas, quizás la película empuja —aunque no asuma esta responsabilidad del todo— a reflexionar algo más incómodo: ¿qué significa construir personajes profundos en un contexto donde las estructuras que los rodean están diseñadas para despojarlos de su humanidad? En ese cruce, la ficción ofrece un refugio para este tipo de historias que la realidad insiste en negar y callar.
Y es justamente este refugio donde Una batalla tras otra alcanza su dimensión más pura: mientras la tiranía sea ley, la revolución es orden.
No hay duda de que Bob le leyó los poemas de Pedro Aibizu a Willa antes de dormir.
