Artesana Carolina Vargas y el rescate del telar patagón en Aysén
Paisajes, aves y colores de la zona austral inspiran a esta profesora de Historia que combina el trabajo para preservar técnicas tradicionales del tejido patagónico con la creación de piezas contemporáneas.
Radicada en Coyhaique, la artesana y docente Carolina Vargas (45) lleva más de dos décadas fomentando el rescate del telar patagón y las técnicas textiles tradicionales de la región de Aysén. Formada en Historia en la Universidad de La Frontera y especializada en textilería en la Universidad del Sureste de Noruega (USN) durante 2010 y 2013, hoy crea piezas contemporáneas como tote bags, estuches, contenedores de ropa y pieceras, inspiradas en los paisajes, aves y colores de la Patagonia.
Desde su taller Lovetann (diente de león en noruego) —y como presidenta de la Agrupación Artesanos de Aysén— trabaja en la preservación de saberes ancestrales ligados al tejido, el hilado y el teñido natural, con especial énfasis en la enseñanza y rescate del Witral, el tradicional telar mapuche utilizado históricamente en el sur de Chile.
En conversación con Doble Espacio, Vargas reflexiona sobre el aprendizaje de este oficio ancestral, la valoración de la artesanía y su participación en Río Simpson Tejido, un proyecto artístico y comunitario financiado por Fondart que reunió a más de 500 personas para transformar el paisaje y la memoria del afluente en una gran obra textil.
Los primeros hilos: aprendizaje, territorio y enseñanza
—¿Cómo comenzó su relación con la textilería y el tejido?
—A mi generación, las mamás y abuelas nos enseñaban a tejer y trabajar los hilos. Además, en la escuela teníamos clases de tejido y bordado, entonces le tomé el gusto. Tejí varias cosas a palillos y crochet. De joven uno se dispersa y se dedica a otras actividades, pero siempre me tejía una chomba o cosas así.
—En su paso por Noruega, ¿qué nuevas técnicas le enseñaron?
—Conocí otros telares que son de allá, como el de pedales y grindvev, el telar de cintura noruego. Ahí comprendí la técnica para poder usar distintos tipos de telares, como por ejemplo, el patagón, que acá no me quisieron enseñar, supongo que por miedo o egoísmo. Antes de eso había comprado un manual, pero cuando lo leí no entendí nada. Sin embargo, después de pasar dos años aprendiendo con los otros telares, le encontré todo el sentido a la técnica del Witral y es el que más enseño en mis clases.
—Antes de dedicarse a la textilería a tiempo completo tras su regreso desde Noruega, trabajó como profesora de historia. ¿Cómo se relacionan hoy esas dos áreas en tu vida?
—Me ayudó mucho la metodología de enseñanza. Hay gente que conoce mucho, pero no sabe cómo transmitirlo. Nunca he dejado de lado la historia. Cuando hago clases, normalmente siempre comienzo con antecedentes sobre el territorio, como la colonización de Aysén y la técnica. Ahí cobra sentido mi formación profesional.
—Al estudiar textilería en Noruega, ¿cómo fue la experiencia y qué aprendizajes marcó en su forma de trabajar?
—Uno vuelve a Chile con otra visión de las cosas. Haber vivido en Europa te abre mucho la mirada, porque la relación con la artesanía es distinta. Es una sociedad menos marcada por las diferencias de clase y donde el trabajo manual tiene un reconocimiento mucho mayor. En Chile, aunque eso ha ido cambiando con los años, todavía persiste la idea de que lo artesanal está “más o menos hecho” o que tiene menos valor que otros trabajos.
“Allá, en cambio, ser artesana es una profesión respetada, y eso también implica un estándar de calidad muy alto. Por lo mismo, prácticas como el regateo no existen”, dice.
Un oficio vivo
—¿Qué significa para usted ser artesana?
—Cuando me preguntan qué hago, siempre respondo que soy artesana textil. Para mí, eso significa ser una persona que maneja el oficio en todos sus ámbitos y procesos: preparar la lana, hilarla, teñirla y tejerla de principio a fin. Lo sé hacer al revés y al derecho.
—¿Siente que su trabajo tiene una dimensión de resguardo cultural en una época donde muchos de estos oficios tradicionales parecen perderse?
—Sí, aunque no es el foco principal de mi trabajo. Yo utilizo telares tradicionales, pero creo piezas contemporáneas. El Witral lo enseño desde la tradición para que no se pierda, porque quedan pocas tejedoras dedicadas completamente al telar. Muchas alumnas llegan buscando un hobby, pero eso también ayuda a mantener viva esta tradición. En las clases enseño desde el hilado y el cuidado de la lana hasta el teñido natural. Son saberes que necesitan transmitirse para que no desaparezcan con el tiempo.
—¿Cómo elige los materiales con los que trabaja?
—Depende de la pieza que vaya a hacer, pero trabajo casi siempre con lana de oveja, porque es la fibra tradicional de esta zona. La materia prima la consigo principalmente en Coyhaique y alrededores, aunque cuando necesito fibras más finas recurro a una hilandería de La Araucanía que procesa vellón de la Patagonia. Yo no me dedico al hilado, aunque sé hacerlo, porque requiere muchísimo tiempo y prefiero enfocarme en otras etapas del proceso textil.
—¿Compra la lana ya teñida?
—Normalmente compro lana cruda (blanca) y entre primavera y verano me dedico al teñido natural. Trabajo con plantas y frutos de la zona, como calafate, maqui, sauco y cortezas de árboles, que entregan distintos tonos. Incluso materiales de desecho de la cocina, como cáscaras de cebolla o palta, sirven para teñir.
—Al momento de crear una obra, ¿qué le inspira?
—Siempre pensé que detrás de cada pieza tejida tenía que haber algo más. No hacerla porque sí, sino que contenga una historia. Desde el inicio he creado colecciones relacionadas con la naturaleza de la región, especialmente inspiradas en las aves y su colorido. Acá hay tantos colores que aparecen infinitas posibilidades de inspiración para traspasarlas a los tejidos.
“He notado que hoy existe mucho interés por reconocer y aprender sobre los pájaros del sur de Chile. A partir de eso desarrollé una colección llamada Aves de Aysén”, comenta.
Río Simpson Tejido: el paisaje como obra colectiva
Río Simpson Tejido es un proyecto artístico y comunitario que une ciencia, memoria local y arte textil para explorar la relación de las personas con el río Simpson de la Región de Aysén. Impulsado por Pulso Austral y el Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagonia (CIEP), este proyecto busca visibilizar los cambios ambientales y el valor cultural de la zona.
A través de laboratorios de co-creación científicos, habitantes de distintas edades comparten sus conocimientos, recuerdos y experiencias sobre la cuenca. Toda esa información recaudada se transforma en una gran obra textil colectiva, expuesta desde el 7 de mayo en el Museo Regional de Aysén, en Coyhaique.
—¿Cómo llega a participar del proyecto?
—Conocí a las integrantes de Pulso Austral, Catalina Camus y Cecilia Moura, a través de unos talleres que realicé en Cerro Castillo junto a la Fundación Rewilding Chile, hace un par de años. Ellas ya conocían mi trabajo y en 2025 me invitaron a sumarme al proyecto.
—¿Cómo ha sido la experiencia?
—Ha sido una experiencia muy distinta a otros proyectos en los que he participado, porque no trabajábamos solo con artesanas, sino también con científicos, sociólogas y personas ligadas a la gestión territorial. Visitamos el río, conversamos con las comunidades y participamos en distintas actividades para entender el territorio. Todo eso después había que traducirlo al tejido y a la pieza que cada una debía crear.
—¿Ayudó tener contacto con las personas durante el proceso de investigación y posterior creación de la obra?
—Fue muy significativo, porque eran lugares que muchas veces ni siquiera conocíamos, pese a llevar años viviendo Aysén. Creo que ahí también está la importancia de la obra: despertar interés por el río Simpson dentro de quienes vivimos acá. Lo tenemos al lado, pero casi no lo vemos, porque en la ciudad queda escondido entre árboles, casas y la forma del terreno. Entonces, finalmente, la obra funciona como una invitación a descubrirlo.
—Son cinco las artistas textiles dentro del proyecto, ¿cómo se dividieron el trabajo?
—A cada una nos asignaron un tramo distinto del río Simpson. A mí me tocó el nacimiento, cerca de Balmaceda, una zona más de pampa que de bosque. Trabajé con distintos tonos y movimientos en el tejido para representar los colores del río en ese sector. Fue extraño también, porque cada tejedora trabajó durante meses desde su propio taller sin ver el resultado completo. Recién al final todas las piezas se unieron en una sola instalación para darle sentido al conjunto de la obra.
—Dentro del proyecto usted cumple como un rol de experimentación, producción y mediación comunitaria, ¿cómo fue asumir esas distintas dimensiones?
—Fue complejo, porque había muchísima información científica detrás del proyecto y el desafío era traducir todo eso al lenguaje textil. Muchas veces necesitábamos aterrizar las ideas para imaginar cómo llevarlas al tejido. Ese fue uno de los grandes trabajos del equipo durante el más de un año que duró el proyecto.
