El debut de Alfredo Andonie: una historia sobre prostitución, homosexualidad y política durante el gobierno de Allende
“No es mi intención que la izquierda haga un mea culpa” sobre su trato a las disidencias, dice el autor de Serpiente, la novela que se presentará próximamente en España y que ha sido elogiada por escritores nacionales.
La época de la Unidad Popular (1970-1973) es el escenario de Serpiente, una historia que hace un cruce entre la prostitución, la homosexualidad y el sexo con militancias políticas de derecha e izquierda y que marca el estreno del economista Alfredo Andonie (37) en la literatura chilena.
El protagonista es Baltazar, un prostituto joven y atractivo que busca clientes en el casco histórico de Santiago, en lugares que ya no existen, y donde transitan personajes de todo tipo que esperan encontrar un lugar en la sociedad, con la esperanza de un futuro mejor, incluso ante la proximidad de una amenaza silenciosa.
La obra ya ha cosechado elogios de escritores nacionales como Pablo Simonetti y Sergio Parra, y su autor ha sido comparado con Reinaldo Arenas, Mauricio Wacquez y Alfredo Gómez Morel.
Mientras incursiona en la poesía y avanza en una obra de teatro que espera estrenar próximamente, conversa con Doble Espacio sobre el proceso de construcción de personajes, la investigación para recrear el espacio íntimo de comienzos de los setenta y las diferencias culturales entre ese periodo y el presente.
—¿Cómo empezó tu interés en la escritura?
—Viene desde que era chico, pero creo que el gran cambio ocurre cuando asumo que hay un lector de por medio, aunque sea imaginario. Tomar en consideración a un lector en cada palabra, en cada frase, en cada idea, transforma por completo la experiencia: la escritura se vuelve algo muy distinto una vez que uno da ese paso.
—Estudiaste economía y filosofía antes de dedicarte a la escritura profesional. ¿Sientes que esas disciplinas conviven al construir o pensar una historia al momento de escribir?
—Sí, creo que la escritura es una disciplina que se puede nutrir desde cualquier tipo de fuente. Al final, uno habla de la experiencia humana y cualquier tipo de disciplina, vivencia, estudio o trabajo que uno tenga es en sí una experiencia y, por lo mismo, pienso que aporta de todas maneras a la escritura.
—Entonces, ¿cómo defines la escritura?
—Como un espacio de mucha libertad, sobre todo con la novela. Me atrajo mucho el nivel de autonomía que existe, tanto en los personajes como en la elección de palabras, pero también me parece como algo muy intimidante al escribir, ya que cuando encuentras la palabra correcta, sabes al mismo tiempo que hay millones de otras mejores. Ocurre también con las decisiones más mínimas. Todo está abierto a una infinidad de posibilidades con las que uno puede jugar.
“Por eso siempre he pensado que los novelistas tienen algo de sádicos, incluso una pequeña veta déspota, a diferencia de los poetas o los cuentistas, debido a que no hay otra disciplina que se acerque tanto al control de vidas ajenas como el escribir una novela”, dice.
—El escritor es el ser omnipresente dentro de la historia.
—Exactamente.
—¿Qué libro te ha inspirado para escribir?
—Trópico de Cáncer de Henry Miller. Lo leí muy joven y pensé que la literatura podía tener un nuevo alcance. Estaba acostumbrado a otro tipo de lecturas y, para mí, fue correr, alejarse de los márgenes de lo que creía posible con la escritura. Tenía mucha soltura respecto al sexo y me impactó mucho la estructura, la pluma y las libertades que tenía el narrador al contar la historia. Había algo más atrevido, más osado y eso me hizo salir de la idea que tenía para escribir.
El trayecto serpentino de la novela
—¿Cómo surgió la idea de escribir Serpiente?
—Primero surgieron los personajes, ellos mismos fueron desarrollando la idea, ya tenían una cabeza, identidad y carácter muy definido. Tuve que encontrarles un lugar, un ambiente donde pudieran encarnar esas personalidades. Y, a medida que avanzaba, fueron adquiriendo una autonomía propia, en el sentido de que tenía un plan, pero los personajes me rechazaban ciertos capítulos que no estaban acordes a su forma de ser. Y tuve que escucharlos.
—Como si una serpiente te guiase a lo que ellos querían…
—¡Sí! Exactamente.
—Dado que la historia se ambienta en el Santiago de finales de los 60 y principios de los 70, principalmente durante la Unidad Popular, ¿cómo fue el proceso de investigación?
—Me ayudaron especialmente las fuentes alternativas de investigación, mucho más que las académicas. El contexto político lo tenía claro, son cosas más generales que todos sabemos, pero eso sirve de telón de fondo para las emociones y las intimidades de los personajes. Ese tipo de cosas pasan en lugares que no encuentras en los libros de historia.
Andonie cuenta que recurrió “mucho» al testimonio, a entrevistas y a los recuerdos. “Me metí a grupos de Facebook donde las viejitas comentaban fotos antiguas y de ahí saqué información más íntima: de cómo la gente habita esos espacios, que son muchos más útiles para crear una novela”, explica.
—¿Pudiste hablar con alguien que vivió en aquella época?
—La entrevista más importante que hice fue con Katty Fontaine, una de las personas que participó en la protesta del 22 de abril de 1973. Ella me ayudó mucho a reconstruir este mundo que se refleja en Serpiente.
—En el libro hay una reconstrucción de la escena bohemia de Santiago, con escenarios que ya no existen como el restaurante Il Bosco y el cine Miami. ¿Fue más complejo investigar de ese tema?
—Claro. Es como escarbar en una ciudad perdida. Entonces, muchos de los edificios existen, otros ya han sido destruidos, pero creo que también hay una mezcla con la ficción, la que rellena estos espacios vacíos. Es una acción algo paradójica, al final.
—¿Qué significa para ti que el libro empiece ad portas del gobierno de Allende y termine con el golpe de Estado?
—El golpe generó un cambio gigantesco, fue un antes y un después. Yo estaba muy familiarizado con la literatura que recrea el durante y el después, pero me interesaba reconstruir el antes. No hay mucha literatura que abarque esa época en especial. Quería recrear, por lo menos, una vida y riqueza cultural distinta a la que hay actualmente. Uno ve lo que perdió viviendo el ahora, y la novela sirve como punto de referencia para comparar lo que hubo antes de nosotros.
Las voces y cuerpos que habitan Serpiente
—El libro trata el tema de la prostitución masculina, centrado en el personaje de Baltazar, un tema tabú incluso en nuestra época. ¿Cuáles eran tus expectativas?
—Para mí era importante que Baltazar ejerciera el trabajo sexual por el carácter que le quería dar a la novela. Buscaba una novela muy urbana, muy rápida, que abarcara muchos lugares de la ciudad. Por ese lado, Baltazar tiene el rol de trazar un sendero con las miradas y activar el deseo a través de las calles, y hacerlo desde aquella posición era la forma de generar esa visión del Santiago que quería retratar.
—¿Hubo algún apoyo o referentes para abordar la prostitución?
—Sí, por un principio de respeto y, para entender también, investigué tanto en libros como en testimonios orales de personas que ejercieron el trabajo sexual durante su vida, con el fin de contar con una visión más cercana y respetuosa, en lugar de escribir desde el prejuicio. Lo último que quería era entrar en caricaturas.
—¿Cuánto influyeron aquellas fuentes para la creación del personaje de Baltazar?
—Mucho. Hay un libro de Néstor Perlongher, un estudio sociológico y antropológico de la prostitución masculina en la Sao Paulo de los años 80´s, que me ayudó mucho a comprender el tema desde otro punto de vista, ya que aparecen muchas entrevistas y testimonios.
—En The Clinic dijiste que Pedro es el único personaje con un referente real: Mario Melo, pero ¿de dónde vienen Carlos, Dalia, la Pedra y la Chichi, por ejemplo?
—Son un mosaico de distintas experiencias mías, de distintos lugares, de distintas personas, pero ninguna en particular.
—En otra entrevista para La Tercera, comentaste que «si la literatura es política, pretender que no lo es también es una opción política». ¿Era inevitable abordar ese tema?
—Absolutamente. Me parece muy ingenuo pretender que una novela de esa época, con el tipo de personajes que hay en Serpiente, no será algo político. Sería una visión muy contradictoria, muy simple, muy poco honesta.
—¿Esa fue la razón de abordar la homofobia en Cuba, a través de Pedro?
—No me parecía dejar a Melo como un héroe ni tampoco quería limpiarle la imagen. Es una falta de respeto limpiar las complejidades de esa vida, y parte de esas complejidades fue su experiencia en Cuba. Para eso, fue muy importante un libro de Reinaldo Arenas (escritor cubano). Cualquier tipo de vida homosexual, queer o disidente tiene muchas complejidades y tratarlo de forma superficial no sólo lo considero un acto de irresponsabilidad, sino también una falta de respeto hacia esas vidas.
—¿Crees que la izquierda actual tiene una deuda histórica con las disidencias?
—Para mí, es súper difícil hacer comentarios de ese pasado. No es mi intención que la izquierda haga un mea culpa con respecto a lo que pasó en esa época. Es una izquierda muy distinta a la que se habla en la novela. El Partido Socialista de los setenta no tiene nada que ver con el Partido Socialista que existe hoy.
Hacia dónde se arrastra la escritura
—¿Qué esperabas al publicar Serpiente?
—Quería que tuviese una buena recepción, que se pudiese leer, porque sé que mi lenguaje es un poco impermeable en ocasiones. Me han dicho que es rápido de leer, y eso es algo de lo cual sí estoy muy orgulloso. No quería hacer cosas muy meditativas ni tan pausadas.
—En entrevistas anteriores, has planteado que el estilo de Pedro Lemebel, Mauricio Wacquez y Alfredo Gomez Morel te ayudó a encontrar otro estilo de escritura.
—Sí, pero me ayudaron mucho otros autores también, que son muy importantes para mí y muy diferentes entre sí. También me han servido obras audiovisuales y otras inspiraciones de distintos lugares y, por lo mismo, me decía “¿por qué esto le entretiene a la gente?” cuando veía una película o una serie. Hacía un análisis y estaba más atento a los detalles y las formas que me generaban interés y pensaba en cómo aplicarlo a la novela.
—¿Cómo te sientes cuando te comparan con Lemebel, Gomez Morel y Wacquez, por ejemplo?
—No es mi rol opinar de eso. Solté mucho mi novela y, como decía, le pertenece más a los lectores que a mí.
