Gratuidad: sueños que ya no son deuda
¿Qué tienen en común una mujer de 64 años, una madre soltera, un joven de una población de Puente Alto, una adolescente que crió a sus hermanos, un joven que soñó con ser astrofísico para cuidar al planeta y alguien que no pensaba terminar cuarto medio. Todos ellos sin recursos para estudiar? Que accedieron a la educación superior con gratuidad. Aquí defienden esta política pública.
Luego de meses de protestas, entre la euforia y el sol de diciembre del año 2015, la Ley de Gratuidad Universitaria fue aprobada por el Congreso. Gracias a esta normativa, bajo el mandato de Michelle Bachelet, 138.951 estudiantes pudieron acceder a este beneficio en el año 2016.
En 2025, según el Ministerio de Educación, 612.000 personas accedieron a estudiar con gratuidad. Esto representa un 82,79% del total de beneficios estatales de educación superior otorgados, cifra que se traduce en 46% de la matrícula total.
Respecto al año 2024, la gratuidad aumentó en un 7,99%. Asimismo, el Estado asignó 748.555 beneficios estudiantiles, de los cuales 614.914 corresponden a gratuidad con un 82,15%.
En abril de este año la ministra de Educación, María Paz Arzola, sostuvo que la gratuidad hoy día “no ha permitido mejorar la equidad en el acceso a la educación superior”. ¿Pueden decir lo mismo los miles de estudiantes que han ingresado a institutos o universidades gracias a esta política pública? Les preguntamos a algunos de ellos y estas son sus historias.
Ángel Montes Cáceres (19): “Es un sueño, lograré ser alguien en la vida”
Por Francisca Quinteros y Fernanda Lutecke
Cuando Ángel Montes (19) obtuvo la gratuidad y entró a la universidad, la mayoría de su círculo cercano lloró. Su primera reacción fue un honesto suspiro de relajo, “pucha, voy a poder estudiar, voy a poder seguir mi sueño, intentar sacar mi carrera”.
Sus profesores del Liceo de Puente Alto se acercaron a felicitarlo, para su madre ya era un sueño logrado, su hijo sería el primero en llegar a la educación superior de la familia. “ Vas a ser alguien en la vida”, le dijo ella con emoción.
El 30 de marzo, Ángel entró a estudiar lo que soñó toda su vida: Astrofísica con mención en Ciencia de Datos en la Universidad de Santiago de Chile; ingresó con cupo PACE.
Haber accedido a la gratuidad aligeró la situación familiar, en especial para su madre. “Es un puro sueldo para tres personas, para ella fue un peso enorme que se quitó de la espalda, ya no se tiene que matar trabajando, haciendo turnos extras de guardia de seguridad en el metro”, dice Ángel.
Si bien siempre soñó con entrar a la universidad, no era un destino asegurado: “Tuve en mente que no iba a alcanzar a estudiar, iba a tener que bajarme de la nube. Tenía la mentalidad de trabajar por último, para darle a mi hermana una educación, dejar mi sueño para ayudar a los sueños de mi misma familia”.
Karla Cáceres, la madre de Ángel, estudió hasta segundo medio, “era la que estaba luchando por mi sueño, que estaba ayudándome a juntar el dinero de la matrícula y el arancel”. La carrera dura cuatro años y Ángel recién está en su primer semestre, aún le queda un camino incierto. “Debo tener una mentalidad más profesional, intentar luchar por mí y apoyarme en todos los recursos que tengo”.
Pese a las amenazas al sistema público, su proyección sobre el futuro se mantiene: “La verdad es que sueño en grande, trabajar en el observatorio, ayudando al mundo, saber más sobre el espacio, las estrellas, la formación de la Tierra, ver si podemos encontrar vida en otros planetas”.
Ian Bustamante (23): “Nunca esperé terminar la media y mucho menos entrar a la universidad”
Por Noreia Cáceres, Claudia Soto y Javiera González
Crecer en un ambiente familiar donde no hay motivación ni esperanza por avanzar en la educación, a menudo es una historia que termina en abandono escolar o en trayectorias laborales precarias. Sin embargo, a veces existen excepciones que logran romper ese patrón.
Ian Bustamante (23) es una de ellas. Hoy, cursa cuarto año de Trabajo Social en la Universidad Alberto Hurtado, pero hace algún tiempo ese camino no existía dentro de sus posibilidades. En su entorno familiar, la educación superior nunca fue una meta concreta. No existía tradición de estudios universitarios ni una cultura que promoviera la continuidad educativa.
“Soy el primero en entrar a la universidad”, explica y agrega: “De toda mi familia, tanto materna como paterna”. Su esperanza de vida era simple: “Con suerte, mi expectativa era sacar cuarto medio y ponerme a trabajar”, señala. En ese contexto, ingresar a la universidad no solo era difícil, sino prácticamente ajeno a su realidad.
En plena pandemia, logró terminar tercero y cuarto medio en el Colegio para Adultos ICEL en modalidad 2×1. El entorno era de alta vulnerabilidad, presencia de drogas y poco interés académico generalizado. Aun así, logró finalizar su enseñanza media, algo que para él era un logro impensado.
Rindió la prueba de acceso a la universidad por primera vez obteniendo un buen puntaje e incluso el beneficio de la gratuidad. Sin embargo, decidió no matricularse. La razón no fue académica, sino estructural: no contaba con una vivienda estable ni con condiciones mínimas para sostener estudios superiores. Durante ese año trabajó y realizó un preuniversitario online, intentando mantener abierta la posibilidad de estudiar.
Al año siguiente, su situación cambió. Logró cierta estabilidad habitacional, lo que le permitió proyectarse de otra manera. Además, recibió apoyo clave por parte de su entorno cercano. Fue entonces cuando decidió volver a intentarlo. Logró ingresar a la carrera de Trabajo Social en la Universidad Alberto Hurtado.
Ian Bustamante reconoce el rol fundamental de la gratuidad en su trayectoria: “Si yo no tuviera gratuidad, no podría estudiar”, afirma. Sin embargo, es consciente de que este beneficio no resuelve todas las desigualdades, ya que factores como la vivienda, la alimentación y los recursos tecnológicos siguen siendo determinantes para sostener los estudios.
Gastón Sánchez (23): “La universidad me abrió puertas en todos los sentidos”
Por Sofía Cruces, Alonso Vega y Gustavo Vergara
Mientras sus compañeros hablaban sobre su futuro en ferias vocacionales, Gastón Sánchez (22) observaba todo con desconfianza. Es oriundo de la Villa San Jerónimo, en Puente Alto, un sector marcado por la delincuencia, especialmente por su conexión con el barrio Nocedal.
Cada domingo veía a su mamá trabajar como feriante y ganar apenas $30.000. Como no tenía un trabajo estable, la familia vivía principalmente de la pensión de alimentos de su padre, justo para llegar a fin de mes. Por eso, el CAE no era una opción y su única posibilidad era la gratuidad.
Ninguno de sus padres terminó cuarto medio, y Gastón pensaba que su vida seguiría el mismo camino. Pero su mamá no pensaba igual. En los últimos días de inscripción después de la Prueba de Transición (PDT), lo tomó del hombro y lo llevó a recorrer ferias y revisar opciones. Así fue como encontraron algo que le llamó la atención: Trabajo Social.
Ese martes 11 de enero de 2022, Gastón vio los resultados de la PDT con indiferencia. Sin tener claridad ni información suficiente, pensó que no le alcanzarían para acceder a la educación superior, por lo que postuló sin mucha fe: “La verdad es que no supe dimensionar el puntaje en el momento”.
Hoy, Gastón cursa el quinto año de Trabajo Social en la Universidad de Chile y mira el futuro con optimismo: “Mi proyección es trabajar en la Municipalidad de Puente Alto como trabajador social de primera línea, que es quien implementa los programas sociales en terreno. Pero, si aparece una oportunidad en otro lugar y no es exactamente de eso, igual lo tomaré. En la casa la situación económica sigue siendo la misma, así que quiero empezar a ser un aporte”.
Benjamín Cuevas (21): “Siempre contamos con la gratuidad; costear la carrera por mis propios medios no era una posibilidad”
Por Cristopher Manzano
Desde pequeño se imaginaba estudiando en la Universidad de Chile. Este sueño se cumplió en 2023, cuando ingresó a la carrera de Derecho. Benjamín Cuevas Riquelme (21) sintió un gran alivio al enterarse de que podría estudiar en la Facultad de Derecho gracias a la gratuidad, puesto que sin ella se le hubiera hecho imposible.
Nacido en Maipú, Benjamín recuerda que en séptimo básico insistió en ingresar al Liceo Nacional de Maipú, por su prestigio en resultados PAES. Sus padres, quienes estudiaron en colegios técnicos, le advirtieron que este cambio lo obligaba a comprometerse con su objetivo universitario, dado que no egresaría con un oficio. Sin embargo, siempre lo respaldaron.
Respecto al financiamiento de la carrera, siendo miembro de una familia de cuatro hermanos, Benjamín señala que sus padres no tenían un plan B. “Siempre contamos con la gratuidad; costear la carrera por sus propios medios no era una posibilidad”, explica.
Durante 2022, mensualmente realizó ensayos PAES como parte de su preparación; a su vez, fue apoyado por sus profesores, que estaban interesados en que todos sus estudiantes tuvieran la oportunidad de acceder a la educación superior. “El liceo es probablemente la razón por la que entré a la universidad”, menciona.
El 3 de enero de 2023 se levantó temprano para revisar sus resultados. Al observar la pantalla, se dio cuenta de que había obtenido un buen puntaje para ingresar a la universidad. “Solo postulé a la Universidad de Chile. Me tuve fe. Por mi dedicación era el resultado que esperaba”.
Un año después de ingresar a la Facultad de Derecho, su hermana menor decidió estudiar Periodismo en la misma universidad. En su familia reconocen que, sin el beneficio estatal de la gratuidad, habría sido prácticamente imposible que ambos cursaran estudios universitarios al mismo tiempo. Por eso, observan con cierta preocupación el panorama nacional y el riesgo que perciben sobre los derechos adquiridos en materia de educación superior.
Katherine San Martín (44): “Con lo cara que es la educación acá, sería imposible sin la gratuidad”
Por Macarena Vidal y Matías Quezada
A sus 44 años, Katherine San Martín cursa cuarto año de Trabajo Social en la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM). Su rutina no es la de una estudiante promedio. En sus primeros años, las clases comenzaban a las ocho de la mañana, pero ella llegaba a las nueve tras dejar a sus dos hijos, de catorce y nueve años, en el colegio.
Al respecto, tuvo que lidiar con profesores que la dejaban fuera del primer bloque o le sugerían botar la asignatura, sumado a las miradas de quienes la juzgaban por su edad. Incluso su madre inicialmente la cuestionó. “Uy, pero ¿cómo vas a estudiar si estás muy vieja?”, la recriminó.
San Martín postergó su anhelo universitario por décadas. En octavo básico dejó el colegio por el acoso escolar y porque debió asumir el cuidado de sus tres hermanos menores cuando su madre empezó a trabajar. “¿Quién se queda cuidando a los niños? La hermana mayor”, relata la estudiante sobre el rol que tuvo que acatar.
A los 28 años terminó la enseñanza media tras rendir exámenes libres, pero la maternidad volvió a pausar sus metas. Recién cuando su hija menor entró a primero básico sintió que era el momento. Ingresó a la universidad respaldada por la gratuidad: “Con lo cara que es la educación acá, sería imposible sin la gratuidad. Cero posibilidad”, recalca.
Eligió su carrera impulsada por las malas experiencias que vivió buscando ayuda municipal. Recuerda a asistentes sociales que atendían con mala cara y le entregaban un apoyo puramente asistencialista. En este sentido, San Martín busca cambiar el sistema desde adentro para promover la justicia social.
En tanto, observa con alarma los posibles planes para limitar la gratuidad a los estudiantes mayores de treinta años. Lo califica de discriminación injustificada y argumenta que, por lo general, no postergan sus estudios por gusto, muchos deben cuidar a su familia y sus hijos. Situaciones que se les escapan de las manos. Tras 20 años llenos de obstáculos, hoy su titulación peligra: “Que encima se nos castigue de esa manera, es terrible”, acusa San Martín.
Yhislaine Pavez (36): “No somos capital, somos seres humanos”
Por Emilia Muñoz y Francisca Aguilar
Yhislaine Pavez vive en la comuna de Pudahuel, tiene 36 años, estudia Pedagogía en Educación Parvularia y tiene dos hijos. En su tiempo libre es educadora del Preuniversitario Popular Víctor Jara, donde ayuda a niñas y niños con sus mismos sueños a llegar a la educación superior.
Entró por primera vez a estudiar en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE). También cursó Educación Parvularia, pero esa vez debió retirarse después de dos años. No era fácil ser mamá a los 17 y formarse en el proceso. Los programas de coparentalidad no daban abasto, y para Yhis cada vez era más complejo maternar sin una red de apoyo, sumergida entre libros y pañales.
Hoy, han pasado 16 años de esa primera experiencia y en el proceso de darse una segunda oportunidad en la Universidad de Chile, Yhislaine dice que no habría podido ingresar si no hubiese sido por la gratuidad. Ganar menos del mínimo y alimentar a dos hijos se vuelve complejo, pero el beneficio ha permitido soñar a Yhis con estudiar. Y así como a ella, a miles más.
Aunque tenga que priorizar entre el trabajo doméstico, la maternidad y sus estudios, no hay nada que sea más gratificante, tal vez incluso desde un acto revolucionario como menciona, que dedicarse a hacer lo que ella quiera.
De igual manera, los tiempos, edades, intereses y, por sobre todo, etapas distintas a las de sus compañeras, generan para Yhis, que sea en algunos momentos difícil acoplarse a las dinámicas de trabajo. Pero nada que, según comenta, el cariño, la comprensión y la compañía puedan resolver.
Las mujeres de su edad, como indica, no tienen opciones para desarrollarse y quitarles esa posibilidad de movilidad social, la que se traduce muchas veces en el ingreso a la educación superior, implica empujarlas a la marginalidad.
Para ella, la gratuidad es importante y se tiene que mantener como una responsabilidad del Estado de Chile. Esto requiere reorientar su propósito, no en favor de generar mejores trabajadores, sino mejores sujetos: “No somos capital, no somos un instrumento. Somos personas, somos seres humanos”.
Cristóbal Vergara (27): “Aprender, y después poder optar a algo mejor”
Por Magdalena Echeñique, Florencia Urzúa y Josefa Zúñiga
Cristóbal Vergara (27) siempre tuvo claro que quería estudiar. No por una presión externa, sino por la idea de “abrirse un poco más en el mundo, aprender, y después poder optar a algo mejor”. Su motivación no solo era académica, sino que también práctica. “Sentía que me podía dar una herramienta para después conseguir trabajo, optar a un buen puesto”, dice.
Creció en Lo Prado y pasó por distintos colegios particulares subvencionados, donde mantuvo un buen rendimiento, con promedios entre 5,8 y 6,3. Tenía lo suficiente como para proyectarse más allá del colegio.
En su familia, la universidad no era un paso asegurado, sino una aspiración. Sus padres, ambos trabajadores –él de un taller de muebles y ella en seguridad aeroportuaria–, veían en la educación superior una posibilidad de cambio. Sin embargo, el factor económico siempre estuvo presente.
La gratuidad apareció entonces como una posibilidad concreta. Sin ese apoyo, su historia habría sido distinta, acercándose a la experiencia de su propio hermano, quien estudiaba en una universidad privada y tuvo que abandonar la carrera por falta de recursos. “Para poder financiar la universidad no había los medios, menos si después me sumaba yo”, comenta. En ese escenario, la gratuidad fue clave para que su trayectoria tomara otro rumbo.
Ingresó en 2018 a Administración Pública en la Universidad de Talca tras tomarse un año para decidir qué estudiar. Ya en la universidad, enfrentó desafíos que iban más allá de lo académico: adaptarse a nuevas exigencias, encontrar su propio método de estudio y reconocer sus debilidades. “Uno tiene que aprender a ser adulto”, resume.
En 2022 egresó finalmente de la universidad, convirtiéndose en el primero de su familia con un título universitario. Hoy trabaja como profesional asistente en la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica, cerrando un proceso que años antes no aparecía ni siquiera como posibilidad.
A la distancia, su experiencia no la entiende solo como un logro personal. Para él, la gratuidad cumple un rol más profundo, “permite obviamente que las personas con escasos recursos puedan estudiar gratis. Pero más allá de eso, permite la movilidad social”, reflexiona. En un contexto donde las oportunidades suelen estar marcadas por el origen, considera que estas políticas ayudan a nivelar las desigualdades.
Berta Bugueño Lizama (64): “Esperé 42 años para esto”
Por Martina González C.
Estando en quinto año de Sociología en la Universidad Alberto Hurtado, Berta Bugueño Lizama (64) recuerda con viveza la emoción que sintió el primer día que pisó la institución. Desde la sala de estudio que reservó para esta entrevista, sus ojos se iluminan al rememorar aquel momento: “Era un día soleado, hasta los colores me parecían más intensos. Pensaba ‘lo logré, esperé 42 años para esto’”.
Criada en Cerro Blanco de Polpaico, comuna de Tiltil, Berta desarrolló un temprano interés por la lectura y el aprendizaje. Si bien sabía que ingresar a la universidad era una posibilidad lejana, su sueño se vio definitivamente truncado cuando quedó embarazada en cuarto medio y fue expulsada de su escuela técnico profesional en el año 1979.
Pronto se casó, se fue a vivir con su marido e ingresó a trabajar. Logró sacar la enseñanza media en 1994, mientras se encontraba embarazada de su tercer hijo: “En mi graduación tenía veintiún días de parida”. Tiempo después, rindió la Prueba de Aptitud Académica.
Obtuvo resultados sobresalientes –sobre 700 puntos en todas las pruebas–, pero sus planes de estudio fueron postergados nuevamente debido a que estaba esperando mellizos: “El día tiene 24 horas (…) Entre estudiar, trabajar y ser mamá, sólo podía hacer dos cosas”.
Durante décadas se dividió entre el trabajo doméstico, labores de cuidado, y su desempeño como secretaria de Cemento Polpaico S.A., concejala de Tiltil, y banquetera de su propia pyme, entre otros empleos. Sin importar su ocupación, su deseo por estudiar permaneció siempre: “Me decía ‘lo vas a lograr, tranquila’”.
El apoyo familiar y el que sus dos hijos menores estuvieran por titularse la impulsaron a prepararse de forma autodidacta para la prueba de admisión en 2021. Hoy, gracias a la gratuidad, viaja diariamente desde Tiltil para estudiar, a la par que gestiona su pyme de banquetería en eventos en Santiago. Aspira a realizar su práctica profesional en Cemento Polpaico S.A., y espera poder continuar trabajando ahí: “Yo no estudié para quedarme en la casa”.
