La post Guerra Fría y el polémico salto de Kerri Strug
Durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, la integrante de las “siete magníficas” realizó su último salto lesionada, dándole el primer oro por equipo a Estados Unidos, pero costándole su carrera deportiva. ¿Dónde está la línea entre el alto rendimiento, los maltratos y el éxito?
El 23 de julio de 1996, post Guerra Fría, el ambiente que se vivía en el estadio multidepotivo Georgia Dome de Atlanta, Estados Unidos, era cinematográfico. La canción Reach de Gloria Estefan, música oficial de esa cita olímpica, se escuchaba en cada rincón, en la antesala de una noche que determinaría quién se coronaría como el mejor país del mundo en la gimnasia artística femenina.
Tras una jornada tranquila, era hora de la última rotación. La presea de oro por equipos debía definirse entre Estados Unidos y Rusia, país que en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, habría competido bajo la denominación de “equipo unificado”, integrando a las antiguas repúblicas de la Unión Soviética. En esta ocasión, su presentación no incluía a las gimnastas ucranianas ni bielorrusas.
El equipo ruso se presentaba en el aparato de suelo, mientras que las estadounidenses, quienes encabezaban el tablero con una ventaja de 0.897 puntos, se preparaban para la prueba de salto. La misión de las locales era realizar una presentación sin grandes errores para convertirse, por primera vez en la historia, en campeonas olímpicas por equipo en uno de los deportes más vistos de los JJOO.
Para Estados Unidos, sin duda, era fundamental asentar en el deporte su hegemonía global.
Las gimnastas rusas realizaron sus rutinas impecables en suelo, con la esperanza de que sus rivales en salto cometieran algún error que les permitiera superar su puntuación. Con elegancia, ejecutaron sus diagonales como si la gravedad no les afectara, y su capitana Svetlana Khorkina, destacó al combinar elementos de alta dificultad con una atractiva coreografía.
Al mismo tiempo, en el aparato de salto, todo parecía perfecto para aquellas deportistas estadounidenses que los canales deportivos bautizaron como las “Siete Magníficas”. Sin embargo, tras las exitosas actuaciones de atletas como Jaycie Phelps y Amy Chow, las gimnastas locales empezaron a tener problemas, pues Dominique Moceanu falló, cayendo sentada en sus dos saltos.
La ventaja que parecía cómoda para el Team USA se redujo a medida que se acercaban los últimos momentos de la competencia, con solo dos gimnastas por actuar: la rusa Rozalia Galiyeva en suelo, y la estadounidense Kerri Strug en el salto. Esta última, de 18 años y originaria de Arizona, necesitaba obtener un promedio de 9.493 para asegurar el primer título olímpico por equipos para su país.
“Más te vale que lo hagas”
Bela Karolyi, el entrenador que forjó la era dorada de la gimnasia rumana en los años setenta, y que en años recientes ha sido cuestionado por sus métodos insensibles de enseñanza, aquella noche se encontraba a cargo del equipo norteamericano. Su angustia y enojo se veían a kilómetros.
La deportista de 141 centímetros de estatura, pelo corto y con una malla tricolor que hacía alusión a la bandera de su país, saludó a las juezas levantando los brazos y corrió los 25 metros hasta el caballete, realizando una entrada Yurchenko extendido con giro y medio. Sin embargo, no completó del todo la rotación, por lo que cayó sentada y le costó medio punto en penalización.
Con todas las miradas de su equipo encima, y el público gritando su nombre, Strug se levantó rápidamente, pero caminaba con dificultad. Su rostro evidenciaba el dolor que le provocaba haberse lesionado el tobillo izquierdo. Aquel salto fue la tercera falla consecutiva de las estadounidenses, por lo que no había opción, su equipo la necesitaba para ganar la medalla de oro.
Strug se dirigió a su entrenador y preguntó si era realmente necesario hacer su segundo salto. Béla Károlyi, le respondió: “Tienes que hacerlo. Te necesitamos para el oro. Tú puedes lograrlo. Más te vale que lo hagas”. Así, Kerri se vio “obligada” a terminar de competir con un salto que podría poner en riesgo su participación en las finales individuales y por aparatos, a las que ya había clasificado.
Decidida a saltar, la atleta corrió con fuerzas, realizando el mismo elemento que le había provocado una evidente lesión. Girando de manera impecable, y aterrizando apenas un instante con sus dos pies, la gimnasta levantó su pierna izquierda, saludo a los jueces, para luego desplomarse de rodillas sobre las colchonetas. Instantes después, el tablero mostró una puntuación aún mejor, 9.721 puntos.
Rodeada por una multitud de camarógrafos, en el marco de esa confrontación deportiva y geopolítica, Strug fue sacada en camilla de la pista, acompañada por el médico del equipo, Larry Nassar. Hombre que fue sentenciado en febrero de 2018 a una pena de hasta 175 años de cárcel por abusos sexuales a más de 330 jóvenes y niñas gimnastas, dentro de las cuales se encuentra la olímpica Simone Biles.
Minutos después, Estados Unidos se coronó campeón olímpico y Strung recibió su medalla dorada en brazos de Karolyi con su pierna izquierda enyesada. La canción de Gloria Estefan sonó de nuevo, mientras las “Siete Magníficas» saludaban en fila, al mismo tiempo que su contrincante rusa, Rozáliya Galiyeva, empezó a llorar.
Aquel momento inolvidable para los norteamericanos le costó a Kerri Strung un esguince de tercer grado del ligamento lateral con afectación del tendón, y el fin de su carrera como atleta olímpica. Hoy tiene 47 años, es socióloga graduada en Stanford, madre de dos hijos y trabaja en el Ministerio de Justicia. ¿Será esa la vida que siempre soñó? ¿Tuvo realmente opción de salvar su carrera deportiva?
Nunca se trató solo del deporte
¿Pero por qué Strug debió arriesgar su salud? ¿Qué estaba en juego? ¿Qué era tan importante para que dos hombres marcados por el abuso tuvieran a su cargo un equipo olímpico?
Durante la Guerra Fría (1947 – 1991), la gimnasia artística, al igual que muchas otras disciplinas, se convirtió en un campo de competencia no solo atlética, sino también simbólica. La rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética se extendió a todas las esferas de la vida, y las victorias en eventos deportivos eran vistas como una validación de los sistemas políticos y sociales de cada país.
Ambas superpotencias utilizaron a sus atletas como una herramienta de propaganda. En la URSS, la gimnasia era presentada como un símbolo de la fortaleza y la disciplina del sistema comunista, mientras que en EE. UU. fue un reflejo de la libertad y la individualidad de la práctica capitalista.
La Unión Soviética tuvo un dominio casi absoluto en gimnasia artística femenina durante varias décadas, con atletas como Larisa Latynina y Olga Korbut, quienes se convirtieron en íconos. Además, consiguieron ocho oros olímpicos por equipo entre 1952 y 1980, al mando de entrenadores como Vladislav Rastorotsky, quién lideró al equipo por cinco ciclos olímpicos.
A medida que las gimnastas soviéticas destacaban, casi de manera inevitable, Estados Unidos comenzó a invertir más en su programa de gimnasia. La aparición de figuras como Mary Lou Retton en los años 80 marcó un punto de inflexión, representando no solo el talento estadounidense, sino también un cambio en la percepción del deporte como una plataforma de éxito y expresión personal.
Sin duda aquella rivalidad también alimentó una fascinación cultural por el deporte. Las competiciones entre ambas naciones generaron un gran interés mediático y ayudaron a establecer la gimnasia como una disciplina central en eventos internacionales. En París 2024, la gimnasia artística encabezó la audiencia televisiva y tuvo una alta presencia en redes sociales.
Actualmente, el medallero olímpico en este deporte está liderado por la URSS y la nueva Rusia, con 237 medallas en total considerando al equipo femenino y masculino. A lo que le sigue Estados Unidos con 102 preseas en total, tomando en cuenta ambos géneros.
A pesar de esta rivalidad, en una época marcada por el nacionalismo y patriotismo, es curioso notar que muchas de las grandes estrellas nacidas bajo el régimen soviético finalmente emigraron a los Estados Unidos para continuar sus carreras y vidas, incluso algunas bajo asilo político.
El sistema comunista limitaba la libertad personal y profesional de los atletas, y la vida en EE.UU. aparentaba mejores oportunidades económicas y de vida en comparación con la URSS de esos años.
Por ejemplo, la gimnasta soviética Olga Korbut, quién cambió la percepción de la gimnasia artística en los Juegos Olímpicos de Munich 1972, al introducir elementos nuevos y acrobacias que desafiaban las normas de la gimnasia de su época, fue invitada en 1973 a una gira por Estados Unidos.
La American Broadcasting Company (ABC), la nombró atleta del año, y Associated Press le otorgó el reconocimiento ‘Babe Didrikson Zaharias’, que no se entregaba a un deportista soviético desde 1931. Así fue como después de la caída de la Unión Soviética, Korbut se mudó oficialmente a Estados Unidos en 1991, donde continuó su carrera en el mundo del deporte como entrenadora y comentarista.
También está el caso de Natalia Yurchenko, quien es considerada una de las mejores gimnastas de la historia, y cuenta con un elemento a su nombre en el aparato de salto. Ella también decidió emigrar a los Estados Unidos en 1999, donde fundó y dirigió la academia C.I.T.Y. Club Gymnastics.
Tras una seguidilla de boicots a este evento deportivo debido a la Guerra Fría, como en Moscú 1980 por parte de Estados Unidos, y en Los Ángeles 1984 por parte de la Unión Soviética, los ciclos olímpicos siguientes fueron clave. El equipo norteamericano al ser local en Atlanta 1996, y no haber conquistado nunca el oro en años anteriores, “no tenía” otra opción más que ganar.
Una cultura del terror dentro de Usa Gymnastics (USAG)
El Comité Olímpico Internacional, tras Tokio 2020, lanzó un video emotivo que destacó momentos icónicos a lo largo de la historia de los Juegos Olímpicos (JJOO). Entre ellos, se incluyó el salto de Kerri Strug, un episodio que históricamente ha sido catalogado como inspirador, pero que en los últimos años ha sido cuestionado por gimnastas estadounidenses.
El 24 de junio de 2020, se estrenó en Netflix el documental Atleta A, el cual se adentra en el mundo de las exgimnastas olímpicas norteamericanas en medio de las denuncias de abuso sexual al doctor del equipo femenino, Larry Naasar. El filme cuestiona si escenas emblemáticas del deporte, como las que celebran logros deportivos, deberían ser vistas únicamente como éxitos.
El reportaje también expuso la cultura tóxica dentro de USA Gymnastics (USAG), donde gimnastas como Maggie Nichols y Rachael Denhollander, denunciaron aquel ambiente de exigencia extrema, en el que solo triunfan las gimnastas que pueden soportar abusos, maltratos, e incluso, violencia sexual.
Simone Biles, ícono de la gimnasia a nivel mundial, catalogada como Greatest Of All Time, entregó su testimonio en el juicio contra Larry Nassar, revelando que por años las autoridades y los organismos deportivos de su país estuvieron al tanto de los tratos inhumanos que sufrían las gimnastas.
“Culpo a Larry Nassar, pero también a todo el sistema que permitió y perpetró el abuso. USA Gymnastics, el Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos sabían que yo estaba siendo abusada por su médico del equipo. Después de contar mi historia completa de abuso al FBI en el verano de 2015, el FBI no solo no reportó mi abuso, sino que cuando finalmente documentaron mi reporte 17 meses después, hicieron afirmaciones completamente falsas sobre lo que dije” declaró.
Jennifer Sey, ex campeona nacional de gimnasia artística de Estados Unidos y productora de Atleta A, fue de las primeras en cuestionar el famoso salto de Kerri Strug. “¿Por qué lo celebramos? Ella no tenía otra opción. Tenía que hacerlo”, criticó la deportista en el documental, sin poder ver ese momento con el mismo heroísmo que tradicionalmente se le ha atribuido.
El hecho de que Bela Karolyi haya ordenado a Strug realizar un salto con un alta dificultad, aun con una lesión en el tobillo, es inaceptable para Sey. La olímpica también resaltó que, dado que las gimnastas comienzan a entrenar a un nivel tan exigente desde muy pequeñas, “la línea entre un entrenamiento riguroso y el abuso infantil se vuelve confusa”, criticó en el filme.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es el de la gimnasta rumana Nadia Comaneci, quién reveló que su camino hacia la puntuación perfecta estuvo marcado por abusos, hambre y hostigamiento constante por parte de su entrenador, el mismo Bela Karolyi.
Documentos desclasificados de la policía secreta rumana han confirmado la severidad de los métodos empleados, que causaron sufrimiento a Comaneci y a cientos de otras gimnastas. Según relatos, las atletas eran sometidas a violencia física y a privaciones extremas de comida o incluso agua. En particular, los informes sobre Nadia detallan condiciones inhumanas y abusos sistemáticos.
Dominique Moceanu, la gimnasta de tan solo 14 años que falló sus dos saltos justo antes de Kerri Strug, fue la más dura respecto a sus entrenadores sobre Atlanta 1996. “Estaba por saltar y sentí un ataque de pánico. Solo recuerdo mis pies resbalándose por debajo de mí. No quería siquiera mirar a los ojos a mi coach Martha Karolyi, ella me apoyó la mano en la espalda mientras bajaba de la zona de competencia y mi corazón se hundía porque sabía que ella estaba pensando que yo no servía para nada”, recordó en varias entrevistas a medios estadounidenses.
En el rancho de los Karolyi “no había diálogo entre gimnasta y entrenador. No podíamos hablar durante el entrenamiento. Eran sesiones de cuatro horas por turno y nosotras éramos como máquinas”, recordó para TyC Sports la gimnasta argentina Ana Destefáno, quién entrenó con las “Siete Magníficas” justo antes de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996.
Sobre el caso de Strung, Destéfano precisó que “Kerri ya tenía problemas en su pie y en su gemelo durante las prácticas. Siempre estaba vendada y le hacían masajes”, declaró.
Medallistas olímpicas como Aly Raisman han denunciado en varias ocasiones que USAG fomenta una cultura de silencio y temor. Además de Nassar, han habido múltiples informes sobre abusos físicos y emocionales por parte de entrenadores. Estas denuncias incluyen maltrato, humillaciones y prácticas de entrenamiento extremas que afectan la salud mental y física de las gimnastas.
Kerri Strug, ¿el caso contrario a Simone Biles?
Durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, en plena pandemia, Biles se enfrentó a un bloqueo mental conocido en el mundo de la gimnasia como los «twisties», por lo que decidió retirarse del encuentro deportivo por su bienestar físico y psicológico.
Los «twisties» son un fenómeno conocido dentro de la disciplina, y se refiere a una pérdida repentina y aterradora de la conciencia espacial que los gimnastas experimentan mientras están girando en el aire. Por lo mismo, es muy riesgoso que los deportistas de alto nivel que se enfrentan a esto sigan realizando ejercicios de alta complejidad en entrenamientos y competiciones.
La decisión de Simone Biles de retirarse de Tokio 2020 tras la primera rotación, tras discutirlo con sus entrenadores, tuvo un impacto notable en el resultado final de la competencia. Estados Unidos se quedó con la medalla de plata por equipo, lo que le dio el pase a Rusia para el oro. Una situación que contrasta fuertemente con lo que ocurrió con Kerry Strug, quien también enfrentó un desafío similar.
Biles, a sus 24 años, optó por retirarse de la competición en lugar de arriesgarse a una lesión, a diferencia de Strug, que tenía 18 en su momento. Simone comunicó su decisión a sus compañeras, quienes la respaldaron, la entendieron y la despidieron con un abrazo.
A pesar de que el Team USA ganó la plata, esto también puede interpretarse como una pérdida del oro. Dentro del mundo de la gimnasia, son muy pocas las personas que han culpado a Biles, sin embargo, algunas voces críticas, tanto dentro como fuera de su país, han cuestionado su decisión.
“Cuando Simone Biles decide no terminar su presentación en Tokio 2020, uno podría decir que ella tuvo autonomía para tomar esa decisión, pero ojo, contextualmente está mucho más aceptado que algo así pueda pasar. Probablemente en su escala de prioridades, su salud física y mental va primero”, explica a Doble Espacio el psicólogo deportivo del Team Chile, Gabriel Caballero.
Tras la hazaña de Strung en Atlanta 1996, su personaje y acto heróico fueron utilizados como propaganda política dentro de Estados Unidos. Aparecieron afiches que empleaban las palabras “coraje” o “sacrificio”, refiriéndose a que ese tipo de acciones son las que un estadounidense debería estar dispuesto a hacer por su país. Incluso Strung, al día de hoy, no muestra arrepentimiento.
“En ocasiones hay estimulos motivacionales que son mucho más fuertes que el resultado, por ejemplo el patriotismo o la identificación nacional. Si este es el caso, ya no estamos hablando de actuar bajo el estrés y la presión del momento, va mucho más allá”, explicó Caballero.
Además, el especialista en ciencias del deporte añadió que “Bajo una lógica estadounidense, el punto no es que Biles fue débil frente a Strug por haber saltado lesionada, sino quién es más patriota. Lo que le duele al país es que no ganaron una medalla de oro que estaban destinados a obtener”, reflexionó.
Kerri nunca denunció abusos ni maltratos por parte de sus entrenadores. «Desde mi perspectiva, para ser el mejor en un escenario de clase mundial, tenes que entrenar duro. ¿Si a veces lo llevan a otro nivel? Posiblemente, pero eso es lo que requiere”, declaró en 2008 para un diario de Houston.
Así mismo, Caballero, enfatizó en que cuando uno analiza a deportistas, hay que hacerlo siempre bajo contexto, pues las determinantes socioculturales atienden a las conductas y forma de pensar de los atletas. “El hecho que Strung diga que eso fue lo que tuvo que hacer, responde a la lógica en la que ella se formó en el alto rendimiento”, afirmó.
Para concluir, Caballero aclaró que son muy importante los objetivos. “Probablemente Biles tuvo una visión a largo plazo respecto a su carrera deportiva, y en Atlanta 1996, la mirada del cuerpo técnico debido al contexto geopolítico fue ganar esos juegos sin importar lo que pase después”, analizó.
