Un hombre en la oscuridad
El escritor y periodista Patricio Jara reseña el libro “La razón de la oscuridad de la noche. Edgar Allan Poe y cómo se forjó la ciencia en Estados Unidos”, de John Tresch, sobre la obra del poeta maldito.
Edgar Allan Poe fue esa clase de intelectuales tan grandes que es imposible reducirlo a una sola categoría. Cómo hablar de él sin mencionar sus aportes al cuento moderno, ni tampoco hacerlo sin dejar de lado su poesía o bien su trabajo periodístico, sobre todo en publicaciones de temáticas tan abiertas que parecía que todas las inquietudes del mundo cabían en sus páginas. Pero ni aun así es justo, pues lo que el historiador John Tresch viene a recordarnos es el trabajo científico que desarrolló durante su vida. Poe nació en 1809 y murió a los cuarenta años. De su existencia atormentada sabemos bastante, pero no así de su interés por la ingeniería, las matemáticas y, sobre todo, por la divulgación de la astronomía.
“La razón de la oscuridad de la noche. Edgar Allan Poe y cómo se forjó la ciencia en Estados Unidos” (Anagrama) es una investigación de quinientas páginas que establece un nuevo piso para entender la obra del artista de Baltimore. Tresch va desenredando la vida del escritor, la efervescencia de la época que le tocó vivir gracias a descubrimientos de toda clase (en especial del provecho de la luz eléctrica y las señales electromagnéticas) y también las frustraciones que le acompañaron durante sus años más productivos. “Poe hablaba para los atormentados, los malditos, los exiliados y los extraños, incluso mientras explicaba con rigurosa claridad los principios abstractos y universales del arte”.
Dentro de todo el material que ofrece este volumen, resaltan los pasajes dedicados a la redacción del “Arthur Gordon Pym”, que es la manera doméstica de llamar a ese libro cuyo título completo tiene 107 palabras. Es la única novela de Poe, aunque él siempre quiso que fuera leído como un libro de viajes, como una crónica en la que se esforzó por lograr una precisión absoluta en la descripción de lugares donde, por cierto, no había estado.
Poe fue uno de los primeros autores americanos que se ganaron la vida escribiendo y estuvo dispuesto a todos los riesgos del caso.
Pero hay más, mucha más información que termina por erigir la figura de Poe a una categoría mayor, de un autor absoluto: “Poe siempre se esmeró con la tipografía y el diseño gráfico de sus escritos: su ‘composición visible’. Al igual que escribía sus manuscritos con una letra precisa, diminuta y regular que parecía tipográfica, trabajaba estrechamente con impresores y cajistas”, escribe John Tresch a propósito de todas las etapas de edición y fabricación del libro que Poe consideraba esenciales y que ahora, gracias al análisis de su composición tipográfica, abren una nueva puerta.
