“Siendo extranjero no esperaba ganar un premio tan importante”

“Siendo extranjero no esperaba ganar un premio tan importante”

En su primera entrevista tras recibir el Premio Nacional del Deporte 2024 el pasado viernes, el luchador grecorromano Yasmani Acosta conversó en exclusiva con Doble Espacio. Con la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de París colgando del cuello, repasó el camino lleno de sacrificios que recorrió para triunfar como deportista chileno, habló del peso simbólico de sus logros y de su objetivo de dejar una huella más allá del colchón.

Por Oscar Durán

No solo era plata para Chile en lucha grecorromana sino también el reflejo de una vida marcada por la perseverancia, el desarraigo y el sueño de triunfar. Aquel 6 de agosto, cuando Yasmani Acosta obtuvo el segundo lugar en su disciplina a nivel olímpico, aún le resulta difícil de creer.

Sin embargo, su historia con el país se remonta a 2015, cuando el deportista decidió su suerte escondido en un motel de Santiago: podía abandonar su delegación para triunfar en Chile, o volver a Cuba bajo la sombra eterna de Mijaín López, el campeón olímpico que le arrebató el oro en París 2024. Y aunque la historia es conocida, por entonces el miedo era latente. “Aún tengo tiempo para arrepentirme”, pensaba.

Hoy, casi diez años después, Acosta es reconocido con el Premio Nacional del Deporte 2024, entregado por el Estado de Chile. “Es un tremendo deportista que ha tenido también una enorme capacidad humana y deportiva para ir consiguiendo sus logros”, dijo el ministro del Deporte, Jaime Pizarro.

Y es que el pasado viernes 5 de diciembre, en medio de una ceremonia en el Palacio de La Moneda, el deportista recibió de la mano del Presidente Gabriel Boric, el tan distinguido premio. “Es un privilegio estar aquí, gracias a Chile por la oportunidad que me dio, por seguir creyendo en el deporte, por seguir disfrutando lo que hago hoy en día”, dijo Acosta durante la actividad.

Yasmani Acosta recibiendo el Premio Nacional del Deporte 2024 junto al Presidente Gabriel Boric y el ministro del Deporte, Jaime Pizarro. (Fotografía: Prensa Presidencia)

En conversación con Doble Espacio, y en su primera entrevista luego del reconocimiento nacional, quien llevó la bandera chilena al podio repasa el trasfondo íntimo y desafiante que lo llevó desde la deserción hasta lo más alto de la tarima olímpica, y adelanta que quiere dejar un legado “más allá de las medallas”.

—¿Qué sentiste al enterarte de que habías sido elegido como Premio Nacional del Deporte 2024?

—Me generó una gran sorpresa, no me lo esperaba. Estaba con mi pareja Romina, a punto de ir a grabar La Divina Comida, así que justo en ese momento me llegó la gran noticia. Por ahí me conecté con los dirigentes del deporte. No me esperaba ser elegido, me sorprendió, pero por lo mismo lo disfruté mucho. Y bueno, es un logro difícil de asimilar. Siendo extranjero, viniendo de otro país, y que me den este recibimiento, es algo sorprendente. Estoy muy agradecido.

—¿Por qué fue tan sorprendente?
—La verdad, no lo veía venir. Muchas veces las personas todavía te ven como migrante, como extranjero. Entonces, un logro así si no naces en Chile es difícil de obtener. Así lo tenía yo en mi mente, catalogado. Por eso lo veía imposible.

—¿Qué significa representar a Chile después de todo lo que has pasado?
—La verdad que el proceso es difícil. Todas las personas salen de su país, de su lugar de confort, persiguiendo un sueño, pero para alcanzar eso hay que esforzarse. Muchas veces corres el riesgo de que las cosas no se den como tú piensas que se van a dar. Entonces tienes que adaptarte en el momento y ver otras opciones.

Cuando llegué a Chile yo tenía en mente competir por el país, pero también tenía un plan B en caso de que no pudiera competir, porque no todo siempre es como uno quiere. Tenía un amigo en Estados Unidos, José Romero, que hace MMA, y él me decía: “Vente para acá, para Estados Unidos, y aquí hacemos MMA juntos”.

Me esforcé por explotar todas las opciones en este país, porque creo que eso sigue siendo lucha, la que está por fuera del colchón,  que es lo que he hecho toda mi vida, y es el deporte que amo. Y bueno, en caso de que no se me diera la oportunidad, me iba a Estados Unidos. Fueron dos años en los cuales trabajé  de seguridad, y estuve a la espera hasta que se me dio la oportunidad y pude competir por Chile.

—¿Qué le dirías al Yasmani que estuvo toda la noche en un motel y decidió quedarse en Chile?
—Fue un momento en el cual pensaba diez millones de cosas en dos segundos. Y estaba muy negativo a lo que se venía, porque no conocía nada.  A ese Yasmani le diría que se esfuerce, que luche por su sueño, que no tenga miedo, que va a ser luchador olímpico y si no se rinde llegará a la cima. Que yo vengo de un futuro y lo va a lograr.

—Dijiste que es uno de los momentos más significativos de tu vida. ¿Qué lo hace tan especial?

—Romper esa barrera mental y quizás un poco ideológica de que una persona que no haya nacido en Chile tenga un logro como este. Entonces sí se puede. Tienen que valorar a las personas por su esfuerzo, su sacrificio, por lo que deja a la hora de competir. O sea, que no te cataloguen por tu color de piel, por tu nacionalidad, cosas así. La cosa debería ser por cómo te sientes, yo me siento chileno y la gente también me lo hace sentir así.

—¿Has sentido el cariño del público chileno?

—Dentro del colchón, obvio que se siente. O sea, los Juegos Olímpicos, Santiago 2023, fueron una locura. Se siente el ánimo de la barra. Cuando estoy lejos y no tengo público chileno cerca, igual por las redes sociales me están apoyando todo el tiempo.  Entonces, es algo bien bonito y que de verdad alienta en momentos difíciles.

Y fuera del colchón, cuando estoy en la calle, cuando voy al mercado, cuando salgo de compras o hago cualquier cosa, siempre hay personas que me reconocen y se me acercan. Siempre con la broma de “un gallito, peleemos”, una foto, o preguntándome por mis próximas competencias.  Entonces se siente la cercanía y el ánimo de las personas.  Obvio que siento el corazón de Chile tanto dentro como fuera del colchón, toda la fuerza que me entregan es vital para lo que he logrado, me han entregado la energía necesaria para afrontar las dificultades previo a todo lo que he conseguido estos últimos años

Medallista olímpico: “Todavía es difícil de asimilar”

—¿Cuál ha sido el mayor desafío en tu recorrido hacia este reconocimiento nacional?

—El momento más duro, más difícil, fue la preparación que tuve antes de los Juegos Olímpicos. Es algo que no he contado mucho: en Chile carezco de sparrings, de compañeros de entrenamiento, por lo tanto mi rendimiento acá ha bajado bastante.

Por ejemplo, si entreno con alguien que pesa menos que yo, no puedo usar toda mi fuerza, entonces mis músculos se acostumbran a trabajar al 60%. Yo creo que estoy rindiendo bien, pero cuando salgo fuera del país y tengo que rendir al 100%, me canso más rápido, las cosas no me salen igual, es como chocar con una pared.

Generalmente salgo tres meses fuera del país a enfrentar rivales que llevan diez meses entrenando, eso me pone en desventaja. Cuando fui a Cuba, comenzó mi preparación para los Juegos Olímpicos. Desde el primer día me dolía todo el cuerpo al levantarme, casi no podía caminar. Muchas veces pensé en rendirme, a pesar de que ya estaba clasificado.

Me levantaba a las cinco de la mañana a correr en la arena por una hora y media. A las diez de la mañana tenía el segundo entrenamiento, aún más fuerte. A las cinco de la tarde, el tercero. Eran tres sesiones diarias, todas muy exigentes.

—¿Qué impacto emocional tuvo ese proceso de preparación en ti?
—Ese ritmo lo mantuve un mes y medio. Cuando llegué a Cuba, los cubanos ya estaban a un 50% de su preparación, aguantaban bien el ritmo. Yo venía en cero, así que sentí todo muy duro. Tuve que adaptarme rápido al nivel de ellos y seguir sin rendirme.

Hubo momentos en que quería llorar. Un amigo me llamó justo en un instante clave. Me preguntó: “¿Te dan ganas de llorar, de rendirte?”. Y justo eso estaba sintiendo. Cuando colgué, me puse a llorar. Lloré porque todo lo que me decía era exactamente lo que sentía en ese momento. Lo que sucede después de toda la preparación es historia, me convertí en medallista olímpico, algo que todavía es difícil de asimilar.

—¿Qué te pasó por la cabeza cuando ganaste la semifinal y te diste cuenta de que ya eras medallista olímpico?
—Estaba nervioso, un poco preocupado, porque ya me había pasado en Tokio: en la semifinal sentí que fui perjudicado. Y esta vez dije: “Aquí no puede pasar lo mismo. No puede influir el lápiz, no puede influir nada. Tenemos que hacerlo todo bien, perfecto”.

Como venía con déficit en el entrenamiento, no podía salir al 100% en todas las peleas. Entonces me aferré a la estrategia del uno a uno: cedo el primer punto, defiendo bien abajo para que no me den vuelta ni me marquen, y en el segundo tiempo salgo más agresivo. Así, si quedamos uno a uno, gano por el último punto. Usé esa estrategia en todos los combates, también en la semifinal con el chino, y me salió bien.

Gané, y fue como: “¡Guau! Ya estoy en la final, ya me veo olímpico”. Fue algo medio incrédulo: celebré por haber ganado el combate, pero aún no dimensionaba que era por la medalla. Después de eso, me fui a correr. Salí con Mijail (López), el que luchó conmigo en la final. A las doce de la noche estábamos corriendo los dos juntos porque teníamos que bajar dos kilos y medio cada uno. Corrí como una hora y media. No me cansé, porque estaba tan feliz, tan contento… Ahí recién empecé a dimensionar lo que significaba una medalla olímpica y todo lo que significa a nivel nacional y mundial.

“Me gustaría crear un colegio deportivo”

—¿Cómo interpretas el hecho de que hoy seas un referente en un país que no te vio nacer, pero sí crecer?
—La verdad es que uno se siente contento. Contento, primero que todo, porque la gente empieza a conocer la lucha, se motiva, quiere aprender este deporte. Y claro, una medalla olímpica es un resultado, pero también significa que te están apoyando. Ver a las personas en la calle, en las redes sociales, que te saludan, que te reconocen… Es algo muy difícil de explicar, pero se siente muy bien.

—¿A qué aspiras ahora, cuando ya has logrado tanto dentro del deporte?
—Tengo varios sueños. Yo siempre digo que un atleta tiene que ponerse metas altas para esforzarse aún más y lograr lo que quiere. Ya tengo medallas en todos los eventos deportivos donde he participado, pero ahora quiero dar un paso más: ser campeón en todos esos eventos. Me faltarían tres títulos: ser campeón de los Juegos Panamericanos, campeón del mundo y campeón olímpico. Ya soy campeón Sudamericano, campeón de los Grands Prix… pero todavía no gano esos tres. Así que en este último ciclo que me queda voy a seguir persiguiendo ese objetivo.

—Siendo uno de los mayores exponentes del deporte en Chile ¿Hay alguna forma en la que quieras plasmar tus logros en la sociedad?
—Quiero dejar un legado que trascienda más allá de las medallas, quiero que detrás de mis medallas se puedan beneficiar las nuevas generaciones, Me gustaría crear un colegio deportivo. En Chile no existe un colegio puramente deportivo, con un fomento integral de este, ojalá que venga con becas, que es lo fundamental. He viajado a varios países y cada vez que he viajado siempre ando pendiente de qué veo bueno en ellos (países más desarrollados en el deporte) que pueda traer a Chile. Siempre pendiente del entreno y todo, pero siempre me veo pendiente y preguntando cómo funciona todo allá, para traerlo a Chile y seguir creciendo como país.

—Después de todo lo que has conseguido y del cariño que demuestras por Chile, ¿qué te impulsa a querer dejar un legado aquí?
—Lo que me gusta de este país es que cuando llegué me recibieron con los brazos abiertos. Mis amigos son de aquí, mi vida está aquí. Siento que Chile me ha dado mucho, pero también siento que todavía le debo muchísimo más. Y tengo ese deseo profundo de devolverle algo. Quiero ayudar. Sé que puedo hacerlo. Solo necesito un pequeño impulso, que crean en mí. Si logro crear un colegio deportivo, ligado al Estado y que entregue becas, sé que eso va a marcar un precedente, y que se va a replicar en otras partes del país, incluso en otros países. Solo hace falta un poco de confianza para levantar el primero. Estoy convencido de que si eso ocurre, más personas van a querer hacer lo mismo. Ese es mi sueño. A veces pienso que si esta medalla olímpica no me sirve para crear ese colegio, entonces no tiene valor para mí. Esta medalla no puede ser solo mía. Tiene que llegar a los niños, a las nuevas generaciones. Quiero lograr algo así. Quiero que esta medalla tenga un verdadero significado.

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