La nueva cara del Persa Víctor Manuel

Persa Víctor Manuel

La nueva cara del Persa Víctor Manuel

El negocio de anticuarios con más de 100 años en Santiago, donde se mezcla lo contemporáneo con lo vintage, hoy se está transformando al abrir sus puertas a nuevas oportunidades comerciales, estéticas y sociales, lo que genera debate entre sus asistentes, dirigentes y locatarios.

Por Jasmin Acuña, Sofía Herrera y Juliette Muñoz


Entre las concurridas calles del sector Franklin existen diferentes galpones que reúnen a una multitud de visitantes cada fin de semana. Uno de ellos es el persa Víctor Manuel, un espacio donde la cultura y el comercio se encuentran. Los techos son altos, los pasillos estrechos, repletos de artículos variados; entre piezas de colección, herramientas, arte y prendas de ropa. Es difícil moverse entre tantas personas que se agrupan, la voz se pierde entre el ruido de algunos locales que reproducen música para el público y el bullicio de la gente charlando. En ciertos pasillos se percibe el aroma a comida, mezclado con el olor a ropa guardada.

El Persa Víctor Manuel abrió sus puertas por primera vez en 1917. Nació como un lugar para vendedores principalmente de cachureos, antigüedades, libros de segunda mano y restauraciones. A la fecha, el sitio también se está transformando en un espacio cultural, gracias al surgimiento de nuevas propuestas culinarias, artísticas y musicales, que comenzaron a convivir amigablemente con el resto de locatarios. 

El primer persa

El primer mercado persa de Chile se ubica en la esquina de Víctor Manuel con Placer, a pasos del Metro Bío-Bío. En total ocupa 4.000 metros cuadrados distribuidos en ocho galpones y dos niveles. En la actualidad, este persa alberga 1200 locales donde la diversidad es su mayor atractivo, puestos de antigüedades, muebles, videojuegos, ropa, artículos de computación y más. Dentro del Persa Víctor Manuel, cada pasillo es completamente distinto al anterior; los puestos se agrupan de acuerdo al tipo de producto que ofrecen, cada locatario agrega su propia identidad al lugar donde trabaja.

Como es tradición, todos los fines de semana y días festivos, el persa abre puntualmente sus puertas a las diez de la mañana. Las cortinas metálicas se levantan, los locatarios llegan y comienzan a preparar sus puestos para un nuevo día de trabajo. De a pocos, algunos compradores comienzan a entrar curiosos, observando la variedad de productos.

Francisca Torres, de 27 años, vive su primer día de trabajo como vendedora de bolsos y carteras en el sector dos. La joven afirma que “uno no puede dejar de venir al Persa”, y destaca que le encanta visitar el sitio para pasear, ya que “es un espacio muy turístico”. 

En el segundo galpón, junto a la entrada que conecta con el sector de Torres, entre lámparas antiguas y cámaras análogas, se encuentra Carlos Escobar, de 63 años, vendedor de productos relacionados con el cine de antaño. El locatario trabaja en el persa desde hace 32 años; se caracteriza por siempre utilizar lentes de soldador antiguos y sombreros llamativos. Su puesto es un espacio abierto, pero que se delimita gracias a un perchero con ropa de segunda mano y un par de grandes mesones en los cuales exhibe sus productos. Él se encuentra sentado al medio del lugar en un sofá negro, entre un par de paneles de iluminación y dos carteles rojos con la frase “alto” sostenidos en trípodes. 

Escobar accede con tono motivado y una sonrisa a conversar “sin preocuparse por el tiempo”. Sobre el tipo de público que visita el sitio, comenta que “los turistas latinos, europeos y norteamericanos son los primeros que llegan, apenas abren los portones en la mañana”. 

Con el paso del tiempo, varios visitantes se detienen frente a su puesto para fotografiar las lámparas antiguas y un gran marco de fotos. Un par de jóvenes se acercan curiosos por el valor de un producto, pero se marchan rápidamente sin adquirirlo.  

Frente a Escobar, rompiendo con su tradicionalidad de “producto antiguo”, como él define su mercancía, se puede ver un local completamente distinto. Este se encuentra construido con material sólido, tiene un aspecto contemporáneo, sus murallas son de color negro y cuenta con ventanales por los cuales se puede ver lo que ocurre dentro de la tienda. En maniquíes exponen ropa de confección propia, que mezcla colores extravagantes con vestidos formales cortos.

“Están haciendo módulos modernos, con vidrio; eso ya es de un mall actual, en cierto grado está cambiando acá. Pero hay puestos que se quieren mantener en la antigüedad, que mantienen la temática”, comenta Carlos Escobar. 

En 2023, The New York Times incluyó al Persa Víctor Manuel como una parada imprescindible en su guía 36 horas en Santiago. “El mercadillo Persa Víctor Manuel, una antigua curtiduría que es uno de los pocos espacios donde se mezclan santiaguinos de diferentes orígenes socioeconómicos”, detalló el periódico, que también destacó a figuras emblemáticas del lugar como a Carlos Escobar y Alejandro “el Mono” González, muralista ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas 2025, quien tiene una galería de arte impreso, grabados y experimentación gráfica en el galpón seis, desde hace 12 años. El artículo también resaltó la diversidad gastronómica y la música en vivo que anima el recorrido del laberinto de locales.

Nuevas medidas en los galpones: ¿potenciar la cultura o el negocio?

El Persa Víctor Manuel es propiedad de la familia Massú desde 1982, cuando decidieron adquirir el edificio y abrir sus puertas a los comerciantes ambulantes que rodeaban el sector. En 2022, el directorio nombró un equipo especializado en darle mayor visibilidad a la cultura, liderado por una nueva directora cultural, Gabriela Medrano. La arquitecta fue la elegida para el cargo y fue parte del proyecto desde el inicio “ya que tenían el énfasis completo puesto en que la cultura era el corazón, me gustó esa riqueza que tiene el lugar, la gente que asiste, los locatarios que lo constituyen y cómo la arquitectura que lo cobija”, detalla Medrano. 

La directora trabajó durante dos años en el persa, hasta que, de acuerdo a su percepción, la administración cambió su enfoque a uno más “comercial», con una cultura que está vinculada simplemente a tratar de convertirse en el “punto selfie”. 

Sixto Monasterio Núñez, de 70 años, vende libros hace aproximadamente diez años en el Persa Víctor Manuel. Su pequeño y estrecho local —ubicado por la entrada de placer, justo al frente del puesto frente del Mono González, en el galpón seis— está decorado por montañas de libros en toda la superficie, junto con un cartel en la parte superior, que dice: “Los libros del Sixto”, en blanco, verde y rojo. Sobre los aspectos positivos de los cambios que han surgido en el persa, Monasterio Núñez destaca que “hay más orden, la seguridad, en el aseo, todo eso funciona bien”,  

Pero el vendedor de libros resalta el lado negativo de la modernización del galpón. “Si yo estuviera a cargo de esto, no me gustaría transformarme en mall, me gustaría convertirme en persa y los persas son desordenados, la gente viene a buscar eso”, detalla..

Entre los distintos locales del persa que han permanecido durante el tiempo en manos de locatarios con años de experiencia en el rubro, se puede ver otro tipo de puestos. Estos son atendidos por adultos jóvenes que venden sus propias confecciones de ropa o joyería, accesorios como bolsos y cinturones e incluso productos importados. 

Una mujer llamada Klau, dueña de Productos Anémona, es locataria desde hace siete meses; destaca el uso de redes sociales y eventos populares para la promoción del persa. “Puedes entrar a Instagram, y ahí sabes todo lo que va a pasar el fin de semana. El que tengamos esa puerta abierta de cultura, obviamente nos trae público”, detalla. La vendedora explica que el público que va específicamente a ver los shows y exposiciones también recorre el perímetro para comprar, lo que beneficia monetariamente a los locatarios. “Nosotros estamos para vender, porque pagamos arriendo y hay que cubrirlo», puntualiza. 

Cerca de las seis de la tarde, los pasillos se comienzan a vaciar y las cientos de personas que visitan los fines de semana lentamente abandonan el lugar. La música empieza a cesar, los fuegos de las cocinerías se apagan y las cortinas de metales se cierran. El Persa Víctor Manuel termina su jornada luego de otro día más acercando la tradición y la modernidad a todas las personas que deciden cruzar sus puertas.

*Este trabajo fue realizado para la cátedra de Reportaje, a cargo de la profesora Amanda Marton

Te podría interesar: El renacer tras las cenizas del Centro Arte Alameda