En sus más de 50 años como cineasta, Cristián Sánchez (74) se ha transformado en un ícono del cine nacional. Y aunque ya no usa su típico bigote ni su barba tupida como en los años ochenta, el paso del tiempo ha dejado al descubierto su mayor virtud: mantenerse fiel a sí mismo.

Por Josefa Leiva

La primera impresión que las personas pueden tener del cineasta Cristián Sánchez es de alguien cercano, alguien con sencillez y gracia. Así se veía aquella tarde, en uno de sus tantos foros que le gusta encabezar cuando sus películas regresan a la pantalla grande

Esa vez la sala de la Cineteca Nacional estaba llena y la película que se proyectaba era Esperando a Godoy, parte de un ciclo dedicado a la memoria. Sánchez estaba frente al público acompañado por Marcelo Morales, el director de la Cineteca, y vestía lo que siempre suele vestir en esas ocasiones: unosjeans, zapatillas, un chaleco color marengo y arriba una chaqueta del mismo color que cierra el look.

Esperando a Godoy es el primer largometraje que codirigió Sánchez en 1973 cuando aún era estudiante, junto a sus compañeros Rodrigo González y Sergio Navarro. Rodrigo y Cristián convencieron al mítico Raúl Ruiz de ayudarlos a producir la película, que terminó censurada tras el Golpe de Estado. “Pensaban que era maoísta y prochina, lo cual no me molesta”, recuerda Sánchez con ironía. 

Cuando habla de Esperando a Godoy su voz se llena de un orgullo discreto, y con justa razón: la película en blanco y negro, con escenas largas y que muestra los últimos vestigios de la esencia de la Unidad Popular (UP) tardó 50 años en poder proyectarse. 

Entre la pérdida de los positivos, la asincronización del audio y la imagen, y los rollos que fueron a parar a Estados Unidos —y que casi fueron rematados en la aduana cuando Sánchez intentó traerlos de vuelta a Chile—, parecía que el filme estaba destinado a la desaparición total. Pero gracias a un gran trabajo del cineasta junto a la Cineteca Nacional, en 2023 la película al fin pudo ver la luz. 

Luego del foro, los asistentes se acercan con timidez a Sánchez, formando una fila improvisada para conversar aunque sea un momento con él. No hay apuro para el cineasta: los escucha a todos con mucha dedicación, valorando el interés de quienes lo siguen, incluso cuando el guardia le advierte que están cerrando el centro. No hace caso. A la tercera advertencia empieza a caminar lento con sus piernas delgadas hacia la salida.

Un paisaje cotidiano

Cristian Sánchez Garfias (74), muchas veces confundido con el esposo de Diana Bolocco que lleva su mismo nombre, ha dirigido más de 20 largometrajes y cortometrajes. Ahora se encuentra sentado en su escritorio durante una no tan calurosa tarde de noviembre. Atrás de él se asoman unas muletas y un burrito, que empezó a utilizar luego de ser operado de su cadera derecha, intervención que pronto debe repetir con la izquierda. 

El cineasta lleva una camisa blanca y el cabello cano peinado hacia un lado. Ya no usa su típico bigote ni su barba tupida como en los años ochenta. Ahora lleva la barba corta, más blanca que negra, que deja al descubierto su rostro delgado y sus arrugas.

Sánchez me cuenta que está muy ocupado escribiendo guiones y montando películas. Dos de ellas ya están casi terminadas, solo le falta reunir el material que grabó el año pasado. Además, hay otras dos que ya tiene pensadas, pero aún debe escribir los guiones y, como dice él, esperar a que aparezcan cosas. 

— ¿Qué cosas? 

— Los personajes. 

También se puede observar una gran biblioteca que recorre las paredes de la habitación, y que, aún así, probablemente no se compara con la que tenían sus padres, Luis Sánchez Latorre y Mimí Garfias, que, en realidad, no tenían solo una biblioteca sino tres. 

Luis Sánchez, alias Filebo, fue un reconocido periodista y crítico literario, ganador del Premio Nacional de Periodismo de 1984 y presidente de la Sociedad de Escritores de Chile durante buena parte de la dictadura; mientras que Mimí fue una periodista, escritora y destacada actriz.

En su casa de infancia, todos los escritores querían que Filebo leyera sus libros, pero como no siempre se daba la oportunidad, se los enviaban directamente a su hogar. Cristián recuerda que había más de 10 mil volúmenes repartidos en las habitaciones, amontonados en sus muebles y llenando cada repisa vacía.  

Así, en los años sesenta Cristián acostumbraba ver pasar por la mesa del comedor a reconocidos poetas, pintores, literatos y un sin número de figuras clave de la cultura chilena. Conoció a Nicanor Parra, Carlos Droguett, Carlos Bonneti, Juan Rulfo, entre otros. Eran parte del paisaje cotidiano del cineasta, un hogar de conversaciones intensas y de temas densos.

Cine, Estados Unidos y Raúl Ruiz

Al consultar a Sánchez sobre su infancia, lo primero que dice es que le gustaba jugar mucho.

Cristián pasaba los veranos en la casa de su abuela materna, junto a sus tres hermanos, Patricio, Rodrigo y María Eliana; y sus dos primas, Solange y María Sol. “Éramos una manada”, dice. La pequeña casa estaba en medio de las vertientes y el cerro en un Santiago aún muy rural del siglo XX, donde podían jugar con la naturaleza cuanto quisieran, con una libertad incomparable.

En esos años, Sanchez quería ser cowboy, un indio como los de Estados Unidos o un explorador. Es por ello que se especializó en fabricar flechas y arcos con su hermano Rodrigo. Enderezaban ramas de árboles en agua caliente, cortaban latón para las puntas, y después le agregaban las plumas que, como recuerda, “tenían que ser perfectas para darles dirección a las flechas”. 

También le fascinaban las revistas. Sus favoritas eran las aventuras de El llanero solitario, Roy Rogers, Tarzán y Turok. Ya con trece años empezó a coleccionar la revista chilena Ecrán, porque le encantaba leer sobre cine, no tanto sobre las películas, sino sobre las estrellas de Hollywood y de Europa. Al mismo tiempo, todos los domingos sagradamente iba al cine con su familia, le fascinaban las películas norteamericanas de acción, pero también las francesas que le inculcó su abuela.

El entorno en el que vivía Cristián Sánchez, los libros que leía y el amor por la cultura y las artes que formó gracias a sus padres, culminó en la idea de querer dedicarse a la dramaturgia, por lo que entró a estudiar teatro en la Universidad Católica. 

—En un comienzo no me interesaba el cine, sobre todo cómo me lo enseñaron. Lo encontraba de un mecanicismo, una cosa muy de poco vuelo— recuerda Sánchez.

Aquella impresión cambió pronto. Estuvo apenas un año estudiando teatro. En 1970 la UC dio la posibilidad de cambiarse a la recién inaugurada Escuela de Artes de la Comunicación y él no dudó en empezar a estudiar cine.  

El chico delgado y de mirada azul entraba a una casa académica que, para la época, podía considerarse de la alta aristocracia. Esto incluso considerando que, naturalmente, su capital cultural era superior a los de sus compañeros, pero no venía de una familia precisamente todopoderosa como otras personas que rondaban los patios de la UC. Pero a Cristián no le costó adaptarse. 

Durante sus estudios realizó cuatro cortometrajes y dos largometrajes, Esperando a Godoy (1973/2023)y Vías Paralelas (1975). Esta última fue su proyecto de título junto a Sergio Navarro, guiado por la cineasta Alicia Vega. En esas primeras producciones ya se asomaba el surrealismo de Raúl Ruiz, una inspiración que luego explotaría plenamente en su filmografía futura.

Durante la dictadura, nada frenó a que Sánchez hiciera películas. Ni él ni su familia consideraron en ningún momento irse de Chile. Aunque casi toda la escena artística chilena se había exiliado y lo audiovisual parecía hundirse cada vez más bajo tierra, Cristián sintió que su deber era quedarse a filmar.

—Tuve la opción de irme, pero no quise. Yo iba a hacer cine chileno aquí en Chile como fuera. Tenía que filmar lo que estaba ocurriendo, aunque no fuera directamente. 

Y así fue. Aunque intentó trabajar en empresas de publicidad por un tiempo, pronto volvió por completo al cine. Las dos películas suyas más conocidas realizadas en Dictadura, El zapato chino (1979) y Los deseos concebidos (1984), han trascendido a la actualidad como obras capaces de reflejar los resquemores de la época plasmando de una manera discreta y calculada. Sánchez tuvo que crear su propio lenguaje para no ser visto.  

Ambas películas son una rareza de principio a fin. En las dos participa el muso de Sánchez: Andrés Quintana, en el que vio una capacidad actoral sin que fuera actor. La ilusión del vacío argumental se combina con la cotidianidad y los personajes nómadas, que van dando vueltas sin un destino claro. Los conflictos rara vez encuentran una conclusión lúcida, como si estuvieran hechos de aquello que no podía decirse abiertamente. 

En esas producciones se percibe claramente la influencia de Ruiz, lo cual Sánchez siempre reconoce amorosamente y a quien ha estudiado por décadas. Esa huella se observa, primero, en la pregunta insistente sobre la identidad chilena, pero también en la composición de las escenas que van repitiendo de maneras distintas la idea central. 

Es por estos aspectos de sus filmes que muchos consideran extraños o herméticos es que ninguna de sus películas se ha proyectado en una sala de cine tradicional. Esto, pese a que Sánchez ha sido ampliamente valorado por la crítica, por festivales internacionales y por la escena cinematográfica chilena, e incluso ha formado un público de culto en torno a su obra.

Y es que tampoco le interesa llegar a esas salas. Porque, más allá de Ruiz y de sus demás referencias, la aproximación de Sánchez al cine siempre ha sido desde los márgenes: desde el cine pobre, artesanal, hecho con lo que esté a la mano o con la ayuda de sus cercanos. Un modo de producción que lo desmarca de las generaciones anteriores y de las posteriores, y que le permitió construir un lenguaje propio, movido por la urgencia de expresar lo que tenía que decir.

El clima de Sánchez 

Cuando le pregunto a Cristián sobre su vida familiar levanta las cejas cada vez más transparentes que tiene y pone resistencia: “Soy avaro de información con respecto a esas cosas, soy un poco pudoroso”. 

Solo me cuenta que tiene cinco hijos con tres matrimonios distintos. “Me gusta criar”, dice con ternura. Además, cada vez se ve menos con su familia, ya que una parte vive en el extranjero y la otra está muy ocupada. Pero, precisa, si se ven para fechas importantes.  

Tampoco habla mucho de sus amistades, pero la mayoría lo describe como alguien que sabe escuchar, cálido, alguien que no tiene conversaciones banales. 

Sin embargo, cuando le pregunto por sus referentes, puede estar largas horas describiendo la filosofía que guía buena parte de su vida, o de autores que lo inspiran como Buñuel, Godard, Deleuze, Kafka, y una lista que parece no terminar cuando se trata de teoría y estéticas. Pareciera que se le hace muy difícil separarse de su obra, de sus obsesiones, de las ideas que lo persiguen. 

Y es que el clima que Sánchez crea en el set es muy particular. Es frenético, veloz, de probar y de improvisar repetidas veces. Sánchez no usa las sillas donde se suelen sentar los directores, es más, nadie lo ha visto nunca sentado durante un rodaje. Siempre se le ve encima de los actores para que las escenas queden exactamente con la visión que él se imagina. 

“Él siempre tiene todo bajo su control, pero esto es curioso porque él funciona muy descontroladamente desde que empiezan a grabar”. Así lo describe Felipe Corrales, actor que fue su alumno en la Universidad Católica y que ha trabajado en sus últimas películas. Felipe fue parte del elenco de Voy y vuelvo (2023), que grabaron durante la pandemia, El santo oficio, que durante octubre de este año fue estrenada en el FICValdivia, (2024) y La llama interior (2025). 

En todas estas películas Sánchez trabaja con alumnos de la UC y de la Escuela de Cine de Chile, aunque ha hecho clases desde que tenía un poco más de veinte años, como en la Fundación Arrau, en la Universidad del Pacífico, en la ARCIS, en la Universidad de Chile, etc.

En sus últimos filmes ha podido explorar la ficción a fondo. Experimentó con zombies, comedia surrealista e incluso con sus propias habilidades actorales. En La llama interior, una novela atemporal que en palabras de él “en 10 años más será considerada un clásico”, incorpora incluso una secta satánica, exorcismos y personajes sumamente inquietantes. 

Valentina Carvallo, otra de sus alumnas de la UC que ha trabajado con él, dice que Cristián es muy exigente en el set, que te empuja a dar lo mejor como actriz, y a su vez es muy apasionado y sabe transmitir esa pasión al resto del equipo. 

Sánchez es muy bueno para generar discípulos, para generar redes y grupos con los cuales hacer cine, lo que se vuelve un poco complicado una vez que te encuentras tan alejado de los valores tradicionales de éxito de la escena cinematográfica. Pero él sí tiene esa capacidad que se observa fuera y dentro del set. 

Valentina cuenta que en Voy y vuelvo, Cristián se le acercó a cada actor y actriz a explicar los parámetros generales de cada escena mientras iban avanzando el rodaje que tenía como protagonista a un preso. Pero a su vez, les dejó la suficiente libertad creativa y de improvisación que después se tradujo en una caracterización de los propios actores a los personajes. 

Pero esto no es nuevo, el no uso de guiones por parte de Sánchez siempre ha estado en sus películas, nunca los utiliza de forma estricta. De hecho siempre las producciones de sus filmes son un poco improvisadas, desde el financiamiento o el elenco, hasta las escenas como tal. “Cristián es más antropológico, en la universidad siempre decía ´qué pasa si sucede esto o dejamos esto acá, o después vemos cómo lo arreglamos´”, dice David Vera Meiggs, uno de sus compañeros de la Escuela de Artes de la Comunicación. 

Lo casi inasible

Cristián Sánchez se ha convertido en un mito a lo largo de los años. Un mito por su huella como profesor y como teórico, y por supuesto como ícono del cine. 

El mito se sostiene sobre una dualidad muy particular: la forma en la que se relaciona con lo audiovisual y cómo instala sus pensamientos en las películas que hace. Por un lado, su cine nace de lo sensible, desde lo cotidiano y de alguna forma desde lo popular, que marca el hilo conductor de su filmografía, que busca justamente lo chileno en su forma más profunda. 

Por otro lado, también se encuentra lo teórico. Lo intelectual se filtra en cada uno de sus filmes y en sus conversaciones, revelando inquietudes, obsesiones y una manera de mirar el mundo que no puede, ni quiere, disimular.

Es por eso que, después de hablar con él en varias oportunidades, comprendo su mayor virtud: mantenerse fiel a sí mismo. Resistir desde un lado de la acera no es para cobardes, sobre todo en un periodo de represión política y luego en el hoy, donde lo comercial, que prioriza la entretención vacía, parece imponerse sobre todo lo demás. 

La persistencia y la autenticidad en el espíritu de Sánchez, esa necesidad de encontrar posibilidades en los lugares, en las personas y en las pequeñas instancias de lo cotidiano, es lo que lo ha mantenido filmando por tanto tiempo. Es la capacidad de conectar lo genuino, lo cálido y lo tangible con lo más difuso o lo casi inasible, lo que lo define como persona.