El color que cayó del cielo
El escritor y periodista Patricio Jara reseña el libro «Nuestro pedacito de cielo», de Carlos Basso, sobre las nuevas formas del crimen organizado en Chile.
Lo primera que llama la atención es el tono. De inmediato transmite la idea de que el autor está hasta el gorro y no duda en tomar partido. De su parte tiene una investigación contundente y una mano de escritura firme que termina dándole la razón en muchos aspectos. Nuestro pedacito de cielo, de Carlos Basso, toma su nombre de una canción popular mexicana que los jefes del Cartel de Aragua usaban para referirse a Chile en tiempos de su llegada, se cree, se especula, en 2021. Es un libro vertiginoso y que se convierte en un aporte significativo para entender qué diablos está pasando allá afuera. Y también aquí adentro.
Los libros periodísticos de Basso destacan siempre por dos aspectos reconocibles: el hábil procesamiento de la información (bastante más que juntar y rejuntar datos) y la capacidad para establecer relaciones. Así fue en sus comienzos con El último secreto de Colonia Dignidad (2002), sobre la desaparición en Chile del matemático norteamericano Boris Weisfeiler a mediados de los ochenta; la investigación América nazi (2014) escrito en colaboración con el argentino Jorge Camarasa, a propósito de una serie de sospechas históricas vinculadas a la presencia de jerarcas alemanes en nuestra región y todo lo que recopila y expone en La CIA en Chile. 1970-1973.
En tiempos que en que los titulares noticiosos se repiten de tal manera que terminan adormeciendo a la población, este trabajo viene a ordenar las cosas sin desentenderse de las lecturas sesgadas ni de las voces que apuntan a unos y otros para explicar en qué momento las cosas se echaron a perder, y cuándo comenzamos a familiarizarnos con palabras como secuestros y extorsiones; en qué momento se nos puso en el mapa la región de Aragua, en Venezuela, y su tren que no es un tren, sino las celdas de la cárcel de Tocorón, lugar donde se fundó.
¿Pero desde dónde habla Basso? Lo advierte en sus primeras páginas: “No pertenezco, ni he pertenecido ni he sido cercano a partido político alguno en toda mi vida. Mi trabajo es contar lo que veo y reporteo y, si de algo estoy seguro, es que el crimen organizado en Chile ha avanzado en forma imparable por culpa de la desidia y mediocridad de la derecha y la izquierda de este país, por igual”.
En constante apelación al lector, el autor nos pone en la cara un recuento de hechos policiales muy bien documentados que conforman la columna vertebral de una historia cuyas consecuencias nunca venimos venir. Comienza en el norte, con el tráfico de personas en la frontera, y se extiende poco a poco hacia todo el país. Visto a la distancia, cuesta creer lo ilusos que fuimos, seguros de nuestro aislamiento geográfico y convencidos de que la llamada “nueva criminalidad” era algo de allá lejos y que esas cosas nunca iban a pasar en Chile. Demasiado tarde.
