Pepe Carrasco, un legado para el periodismo

Pepe Carrasco

Pepe Carrasco, un legado para el periodismo

Una madrugada de 1986, la policía política de Pinochet secuestró y asesinó al editor internacional de la revista Análisis, un medio opositor a la dictadura, y lo transformó en un símbolo de la libertad de expresión. Hoy, a 39 años de su homicidio y en el día internacional de los Derechos Humanos, sus compañeras de profesión, Faride Zerán y María Olivia Mönckeberg, reconstruyen su memoria en la labor periodística actual.

Por Loretto del Canto

“¡Soy periodista!”, gritó José Carrasco Tapia la madrugada del 8 de septiembre de 1986 frente a los agentes de la Central Nacional de Informaciones (CNI) que llegaron a su departamento en Santiago Centro. Carrasco, conocido en el círculo de periodistas como “Pepe” o “Pepone”, estudió Periodismo en la Universidad de Chile y fue miembro activo del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), llegando incluso a integrar su Comité Central. Ese día, la policía política del régimen lo secuestró para matarlo —apenas minutos después— con catorce tiros, en represalía al atentado que sufrió dos días antes el dictador Augusto Pinochet, y con el cual el periodista no tenía relación alguna.

Desde entonces, su figura se convirtió en un caso emblemático de la persecución y censura al periodismo. Actualmente, la calle que alberga a la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh) lleva su nombre, al igual que un auditorio en la Facultad de Comunicación e Imagen de la misma casa de estudios.

Desde el escritorio de su casa, rodeada de estantes inundados con libros, la premio Nacional de Periodismo 2007, Faride Zerán, recuerda a Pepe como un hombre afable y con un liderazgo claro. Profesora de periodismo en la Universidad de Chile, Zerán relata que se conocieron en tiempos de la Unidad Popular, cuando ambos formaban parte del grupo de periodistas que militaban en el MIR. Posterior al Golpe de Estado, mantuvieron contacto porque continuaban difundiendo información sobre lo que ocurría en el país, aún bajo condiciones de persecución y censura.

En 1974, mientras Faride Zerán estaba exiliada en Caracas, Venezuela, se enteró de que José Carrasco había sido detenido. El 6 de diciembre de ese año fue arrestado por los agentes de la dictadura y trasladado a distintos centros de detención y tortura, entre ellos Cuatro Álamos y Puchuncaví. Permaneció preso hasta marzo de 1976. Al salir, emprendió el exilio, primero en Venezuela y luego en México, continuando con su labor de denuncia desde el extranjero.

Zerán detalla que al reencontrarse en Caracas, se hicieron muy amigos y, junto con otros exiliados, trabajaron para difundir información sobre la situación en Chile y así apoyar la resistencia. “Éramos bastante activos. Nos reuníamos permanentemente, yo diría al menos tres veces por semana, para trabajar muy intensamente”, cuenta.

En 1984, Pepe fue repatriado. En Chile, Faride continuó compartiendo con él una amistad que se extendía también a sus familias, visitando con frecuencia su departamento en la calle Santa Filomena. Ambos mantuvieron un compromiso profesional y político constante: “Era un trabajo de denuncia permanente sobre lo que ocurría bajo la dictadura, y ese trabajo incluía hacer notas de prensa, escribir y enviar documentos a todos los medios”, recuerda Zerán.

En 1986, José Carrasco Tapia era consejero del Colegio de Periodistas de Chile y también se desempeñaba como editor internacional de la revista Análisis, uno de los principales medios que resistían la censura impuesta por la dictadura de Augusto Pinochet.

Faride Zerán narra que durante esa época todo el mundo estaba amenazado de muerte, tanto periodistas como actores del Teatro Ictus. Pero a pesar de ello, “seguían haciendo teatro que criticaba a la dictadura, a los medios independientes los cerraban y volvían a abrir, seguían publicando sus cosas. Fueron tiempos terribles, donde uno no dormía bien, uno dormía con miedo. Pero el miedo no te paralizaba, aun así seguías trabajando y hacías lo que tenías que hacer”, dice.

En ese contexto, la periodista rememora un episodio que anticipó la tragedia que vendría. Cuenta que una tarde estaban invitados a cenar a la casa de José Carrasco Tapia, serían cuatro en la mesa, cada uno acompañado de su pareja. Antes de salir rumbo a la reunión, alrededor de las 20:30, Faride Zerán evoca que miraban las noticias cuando apareció en pantalla la información de que Pepe Carrasco había sido detenido. La sorpresa fue inmediata: apenas habían hablado con él hacía poco, así que lo llamaron de inmediato para advertirle. “Esto es un montaje”, le dijeron, reconociendo el sello de las maniobras de la Comisión Nacional de Informaciones (CNI) y sus aparatos represivos, que solían operar de ese modo. Aquella falsa detención era, más que una noticia, una amenaza. “Pepe, escóndete”, le insistieron, recuerda Faride, sin imaginar que esa llamada sería el preludio de un destino sin retorno.

Pepe se refugió en Argentina, pero regresó a Chile el 5 de septiembre de 1986 porque su esposa, Silvia Vera —quien lo acompañaba—, se encontraba enferma. 

Desde el living de su casa, la Premio Nacional de Periodismo 2009, María Olivia Mönckeberg, mantiene intacto en su mente sus momentos junto al periodista. Ambos trabajaban en la revista Análisis y que también tenían responsabilidades en el Colegio de Periodistas de Chile. Fue en esos años, alrededor de 1984, cuando conoció a José Carrasco Tapia y comenzaron a forjar una relación marcada por el compromiso profesional y político.

El 7 de septiembre de 1986, cuenta Mönckeberg, habían acordado reunirse en su casa. Ella vivía entonces en la comuna de Vitacura, y era habitual que en esos tiempos se encontraran allí para conversar sobre la revista Análisis y sobre los riesgos que rodeaban su labor periodística. Esa tarde llegaron los periodistas Fernando Paulsen y Juan Pablo Cárdenas. También habían invitado a Pepe, pero él no asistió, explicó que Silvia seguía con fuertes dolores debido a su enfermedad, de modo que decidió quedarse con ella y con sus tres hijos en el departamento de la calle Santa Filomena, en el barrio Bellavista.

Mientras conversaban en la terraza, apareció la hija de María Olivia, Magdalena Browne, de apenas catorce años. Interrumpió la reunión para contar que habían intentado matar a Pinochet. La conversación se detuvo al instante. Todos fueron al dormitorio, donde estaba el televisor, y se encontraron con una cadena nacional. El ministro Secretario General de Gobierno de la época, Francisco Javier Cuadra, informaba sobre el atentado ocurrido contra el general en el Cajón del Maipo. Pinochet, comunicaban, estaba ileso.

A los pocos minutos, mientras seguían escuchando la transmisión de Televisión Nacional (TVN), intervenida por el régimen, Juan Pablo se levantó para contestar el teléfono. Al volver, contó que era Pepe. Llamaba para ofrecerse a ir de inmediato a la imprenta, cambiar el titular de portada y redactar una crónica con la nueva información para el número de Análisis que debía salir el martes siguiente. El impulso periodístico de José Carrasco Tapia era firme, incluso en ese contexto, su primera reacción era informar, rehacer y dejar registro. Pero esa portada y ese número nunca llegaron a existir.

La madrugada del 8 de septiembre de 1986, José Carrasco Tapia fue secuestrado en su departamento en Santiago Centro por agentes del órgano represivo de la dictadura, la Comisión Nacional de Informaciones (CNI). Esto, en represalia por el atentado contra el dictador Augusto Pinochet, perpetrado por un comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).

— ¡Soy periodista!

Cuentan que eso fue lo que dijo Pepe al momento de su secuestro. “Como que ese ser periodista le nació probablemente muy de adentro; no sé si creyó que eso era como mostrar la credencial, que habría alguna protección”, menciona María Olivia Mönckeberg.

Quince minutos después de haberlo secuestrado, lo acribillaron con catorce tiros de una pistola semiautomática, el asesinato se produjo en un muro del cementerio del Parque del Recuerdo.

“Si uno mira las imágenes de las marchas del Colegio de Periodistas, con sus carteles de libertad de expresión y las detenciones que sufrió, se ve que era una figura imposible de pasar desapercibida. Tal vez pensaba que su exposición lo protegería del horror de los esbirros, pero lamentablemente no fue así”, comenta Faride Zerán. 

Sus colegas describen a Pepe como un hombre cariñoso, tierno con sus hijos y su pareja, y un gran amigo. “No solo lo recuerdo como esa figura épica, asesinada por la dictadura, sino también como un hombre afectuoso y sensible, que sabía que lo podían matar, pero que estaba dispuesto a morir, porque eran tiempos en que la vida se jugaba a cada instante”, menciona Zerán. “Era una persona interesante para conversar, siempre muy ingeniosa, de muy buen análisis, pero a la vez que él ayudaba a tirar para arriba, a ponerle humor o ironía a las cosas”, agrega María Olivia.

Hoy, las docentes de la carrera de Periodismo de la Universidad de Chile explican que uno de los legados de Pepe es asumir que las libertades, la defensa de la vida y la libertad de expresión, así como la lucha por la democracia, son responsabilidades permanentes que cada generación debe enfrentar y defender. Ser un “periodista en las buenas y en las malas” forma parte de ese compromiso.

—Es un legado de cómo él fue capaz de mantenerse hasta el final coherente con sus convicciones. La carrera de periodismo es una profesión donde la ética y la convicción son fundamentales. Nosotros trabajamos con la información, con el derecho a informarse y a informar; defender ese derecho, así como las libertades públicas y la libertad de expresión, es algo esencial para nosotros. Y eso solo se logra en democracia. Las dictaduras, lo primero que hacen —como lo hizo esta dictadura el día del golpe— es bombardear las antenas de radio y acallar al periodismo. Nuestra lucha es que nunca nos silencien, y eso es, en gran parte, el legado de Pepe Carrasco— comenta Faride Zerán. 

Post un comentario