Alberto Abarza: «Mi objetivo es llegar a los Juegos Paralímpicos 2028»

Alberto Abarza

Alberto Abarza: «Mi objetivo es llegar a los Juegos Paralímpicos 2028»

Es el paratleta chileno más exitoso de la historia. Ganador del Premio Nacional del Deporte 2018, con seis medallas paralímpicas, incluyendo un oro en Tokio 2020 y tres títulos Parapanamericanos. Alberto Abarza ha convertido el agua en su refugio y en su trinchera. Diagnosticado con una enfermedad degenerativa desde niño, entrena hoy con la mirada puesta en el Mundial de Singapur 2025, como antesala de lo que podría ser su última gran meta: competir en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028.


Cuando a los dos años lo metieron por primera vez a una piscina, Alberto Abarza no imaginaba que el agua se convertiría en su refugio más leal. Había sido diagnosticado con el síndrome de Charcot-Marie-Tooth, una enfermedad neurodegenerativa que atrofia progresivamente los músculos. Sus padres, con la esperanza de frenar en algo ese deterioro, lo llevaron al Instituto Teletón, donde los médicos les sugirieron natación como terapia. Lo que comenzó como una recomendación médica, con el tiempo se transformó en una pasión silenciosa, en una especie de salvavidas emocional y físico.

La discapacidad nunca fue un secreto. Desde pequeño, Abarza supo que su cuerpo iría perdiendo movilidad, en línea con la naturaleza de su enfermedad. Caminaba, incluso corría, pero entendía que esa libertad tenía fecha de vencimiento. Con los años vino la silla de ruedas, la adaptación al mundo desde otro ángulo y una etapa oscura que lo mantuvo encerrado por tres años. “Fue una pelea con Dios”, recuerda sobre ese periodo en que dejó atrás su sueño de ser sacerdote, abandonó el seminario y se enfrentó a una fuerte depresión que, aunque nunca fue tratada por especialistas, su entorno notaba cada día. La sensación de que en cualquier momento su cuerpo dejaría de moverse por completo se transformó en una sombra permanente.

La natación apareció con más fuerza cuando tenía 19 años, gracias a una invitación del Comité Paralímpico. Al principio se negó. “No me interesaba competir”, dice hoy con una sonrisa. Pero le ofrecieron tratamientos kinesiológicos que podían frenar el avance de su enfermedad, y aceptó. En poco tiempo ya estaba nadando en torneos nacionales y clasificando con facilidad. Descubrió que podía ir más allá del ejercicio terapéutico: el agua no solo le ayudaba a moverse, sino también a sanar. Empezaba a emerger el nadador que, años después, levantaría la bandera chilena en lo más alto del podio paralímpico.

La bandera en el pecho

Aún no tenía medallas olímpicas cuando ocurrió. Estaba de vacaciones en Nueva York, relajado en la piscina de un hotel, cuando un hombre lo observó nadar. Al poco rato, se le acercó: era parte del Comité Olímpico de Estados Unidos. Le ofreció competir por el país del norte, nacionalizarse, ir a Lima a los Panamericanos y luego a los Juegos de Tokio. El paquete era tentador: viviendas, auspiciadores, apoyo económico para él y su familia. “Me quedé impactado”, recuerda Alberto Abarza, y confiesa que “recién ahí me di cuenta de lo que era, de lo que había logrado”.

La propuesta lo hizo pensar en todo: “Me pregunté qué le estaba enseñando a mis hijas: ¿a irse por algo mejor o a luchar por sus sueños?”. El buzo de Estados Unidos podía garantizar estabilidad, pero no identidad. “Quizás lo lograba, pero no me iba a sentir feliz. En cambio, en los Olímpicos, cuando escuché el himno de Chile, lloré. Esa emoción no se compra con nada”, dice el atleta, que venía entrenando en condiciones precarias, sin piscina fija ni gimnasio, rechazó la oferta. Eligió quedarse, nadar con la bandera en el pecho. Y su hermana, con una frase simple, lo reafirmó: “Te lo ofrecen porque eres bueno. Date cuenta”.

Sin embargo, esa decisión también tuvo consecuencias. Durante años, Abarza fue crítico del Comité Paralímpico Chileno. “Me tiene muy desilusionado el deporte de nuestro país”, dijo en una entrevista con La Tercera en enero de 2022. “Cómo se trabaja, el apoyo… Por ahí me dijeron que las empresas privadas no apoyan, pero yo creo que ni siquiera deberían estar. Es labor del Estado”, espetó. A pesar de haber brillado en Lima, no obtuvo financiamiento para entrenar fuera del país, donde las piscinas tienen las condiciones necesarias para su enfermedad. Su madre tuvo que vender la casa familiar para costear su preparación. “Fue duro, muy duro”, admite. Pero hoy, a sus 40 años, el panorama ha cambiado: entrena en el Estadio Nacional con apoyo estatal, y siente que por fin, Chile le devolvió el cariño que siempre entregó.

La consagración

Alberto Abarza irrumpió en la escena internacional en los Parapanamericanos de Lima 2019, donde fue abanderado de la delegación chilena y logró un desempeño histórico: tres medallas de oro y dos de plata, transformándose en el primer chileno en ganar cinco preseas en un solo evento parapanamericano. Ese fue el momento en que su nombre comenzó a sonar con fuerza en el país.

Su consagración definitiva llegó en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Abarza no solo portó la bandera chilena, también subió tres veces al podio: oro en 100 metros espalda y plata en 200 metros libre y 50 metros espalda. Fue el segundo oro paralímpico de la historia para Chile, y también el momento más emotivo de su carrera. “Todos sueñan como deportistas con llegar al oro. Para mí no era la medalla, era que la bandera estuviera en lo más alto. Cuando sonó el himno, lloré”, recuerda. 

París 2024 lo encontró nuevamente compitiendo al más alto nivel. Sumó tres medallas de bronce en sus pruebas habituales, confirmando su lugar como el paratleta chileno más laureado de todos los tiempos, con seis medallas paralímpicas.

A lo largo del tiempo, recibió múltiples reconocimientos: Premio Nacional del Deporte en 2018, mejor deportista paralímpico en 2017, y un lugar en la memoria colectiva del país. Sin embargo, el proceso no fue lineal. Hoy, reconoce con alegría que las cosas han cambiado: “Estoy muy contento con la actualidad del deporte en Chile. Después de los Panamericanos y Parapanamericanos de 2023, la situación ha mejorado enormemente. Actualmente me estoy preparando de forma óptima en el Estadio, muy animado y feliz”.

Alberto Abarza entrena cada mañana en el Estadio Nacional con la misma determinación que lo acompañó desde sus primeros largos en la piscina de la Teletón. Tiene 40 años, siente el desgaste físico, pero no se detiene. Su mente está puesta en octubre, cuando se sumerja en las aguas de Singapur para disputar el Mundial de Natación Paralímpica 2025. “A pesar de que mi cuerpo se deteriore, voy a dar lo mejor de mí”, afirma. Sabe que ese torneo no es solo una competencia, sino también un ritual de preparación para lo que podría ser su última gran cita como atleta: los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. “Puede que sean mis últimas competencias. Me estoy preparando y entregando todo de mí”, confiesa. 

Hoy, “Beto” entrena con la certeza de que su cuerpo tiene un límite, pero su voluntad no. La enfermedad avanza y sabe que, como ocurrió en su juventud cuando dejó de caminar, el momento de despedirse del alto rendimiento puede llegar en cualquier minuto. Aun así, no se detiene. Dice que quiere dejar todo en la piscina mientras tenga fuerza para hacerlo, que no hay espacio para reservarse nada. “Ahora hay muchos jóvenes muy buenos en el deporte chileno, van a llegar muy lejos. A pesar de todo, quiero dar lo mejor de mí en lo último que me queda. Llevar la bandera siempre me enorgullece”.

Esa urgencia no es solo deportiva, sino vital. Abarza no proyecta a futuro, vive en tiempo presente: “Muchas personas viven con miedo, no hacen lo que quieren porque temen al futuro. Yo no. Si quiero viajar, lo hago. Para mí no hay mañana, mi vida es el presente”.

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