Entre ritmo y acrobacias se mueve Fabian Contreras: un capoeirista maipucino que hace años practica la disciplina afro-brasileña y que en paralelo imparte clases de este deporte a varios jóvenes de la comuna. Este perfil de “El Moica” reconstruye su vida personal y su vínculo con una expresión corporal que transita entre la lucha y la danza.


—Si tuvieras que definir al Moica, ¿cómo lo harías?

Parado sobre el piso flotante de lo que el Moica bautizó como Casa dos Capoeiras hace ya más de diez años, Vladimir no piensa demasiado en su respuesta. Su conocimiento derivado de dos décadas de amistad con el ahora profesor de este espacio se traduce en dos adjetivos y una afirmación: 

— El Moica es luchador, perseverante…Y sobre todo es un innato capoeirista

El espíritu de comunidad

Poco podía suponer ese joven con corte de mohicano que el deporte que menos quería practicar ese día se transformaría en su vida. En ese entonces Fabián Andrés Contreras Godoy tenía unos 13 años y todavía no sabía lo que era un jogo, ni había salido de Chile, ni era conocido como el Moica. 

Fabián Contreras vivía con su madre, era fanático de la serie de anime Dragon Ball y practicaba taekwondo cuando un proyecto social llegó al barrio de Maipú en el cual vivió gran parte de juventud: ofrecían clases de capoeira y su mejor amigo de ese entonces le dijo que las tomara. Reticente, pero curioso, Fabián llegó al final de una clase para ver de qué se trataba, sin suponer lo que pasaría después:

Cuando formaron la roda y empezaron a cantar, a hacer capoeira, me paralicé, me ericé por completo y quedé mirando impresionado. Sentí que mi cuerpo me habló y me dijo “esto es lo tuyo”—comenta Fabián. 

La roda es una de las partes más fundamentales de la capoeira. Este consta de un círculo en el cual todos los participantes se ubican junto a quienes tocan los instrumentos que le otorgan ritmo al jogo, la actividad esencial de este deporte y manifestación cultural afrobrasileña en donde dos capoeiristas interactúan dentro de la roda, realizando algo que podría parecer un combate, pero es más que eso: es un diálogo corporal entre dos personas que combina acrobacias, astucia y ritmo. 

Lo primero que impresionó a Fabián fueron las acrobacias propias del jogo. Fanático de las películas de acción, e influenciado por el bullying diario que veía y recibía en su colegio de Maipú, quería aprender a defenderse. En primera instancia la capoeira le entregó esa confianza: obtuvo más actitud, carácter, contextura física e incluso un nuevo sobrenombre de parte de sus compañeros de capoeira: Moica.

Pero él no se quedó practicando el deporte solo por eso: 

—Me llamó la atención la alegría y el desafío corporal de la capoeira. Después fui descubriendo de qué se trata realmente este deporte y hasta ahora sigo buscando conocimiento sobre el mismo—comenta el Moica. 

Su interiorización en la capoeira comenzó de la mano de su mestre -maestro en portugués- Badogue, a quien conoció entrenando en el Cerro 15 de Maipú, un tiempo después de que se terminó el programa de capoeira de su barrio. 

El Moica se convirtió en su alumno hasta hoy y pasó a formar parte del grupo Raça: una agrupación de capoeiristas proveniente de Brasil cuya principal característica, afirma el Moica, es su tenacidad: 

—Yo me inspiré en el trabajo de las personas de Raça, en su fuerza, en su forma de jogar la capoeira para convertirme en quien soy ahora. La palabra raça tiene mucha fuerza en Brasil: es como decir que tienes poder, fuerza espiritual.

Y, una vez ingresado al grupo, nunca más paró de practicar; a pesar de las trabas que en un principio le pusieron sus padres, de los problemas económicos que enfrentó, de los tantos comentarios que le decían que no llegaría a ningún lado de la mano de la capoeira.

Todo eso fue quedando en el camino cuando por su práctica del deporte lo empezaron a conocer en su colegio; en su paso por la universidad, de donde se tituló como preparador físico; en el orfanato en donde dio sus primeras clases de capoeira gratis; en Venezuela, Brasil y todos los países de Latinoamérica y Europa en donde participó de los torneos más importantes de su disciplina.

Jogando capoeira el Moica conoció a sus referentes, a sus amigos, a la madre de su primera hija y a la madre de su segunda, a los valores que, hasta hoy, con 39 años, lo rigen como persona: 

—De la capoeira adquirí el espíritu de comunidad, la humildad, la disciplina, la resiliencia, la educación en el trato, el respeto y el compromiso—dice.

Un capoeirista de cuerpo y alma 

La noche del primer viernes de octubre es fría en Maipú, aunque dentro de la Casa dos Capoeiras aquello no se sienta demasiado. 

Dentro, en el espacio destinado a las clases, el Moica, con su tez morena, metro setenta y tres, ojos achinados y vestido únicamente con una polera manga corta café y pantalones de buzo blanco, espera a sus alumnos. La cita era a las ocho y media, pero, según él dice, siempre llegan a las nueve. 

Entretanto, se dedica a recorrer la casa en donde vive junto a otros ocho capoeiristas: desde la blanca cocina en donde hay una pared repleta con fotos de sus viajes, pasando por el espacio que tienen destinado para hacer pan —porque la casa también funciona como panadería gestionada por los mismos allegados—, subiendo hasta las cuatro piezas pintadas con el mismo estilo que abunda en el salón de entrenamiento: una conjunción de colores vivos que recuerdan a una calle cualquiera de Brasil. 

El Moica baja: ya son casi las nueve y empiezan a llegar sus primeros alumnos. Los saluda afectuosamente, conversa un poco con Vladimir y coloca un video en YouTube en el televisor del salón: allí está él, hace menos de una semana, jogando capoeira en Brasil al ritmo de quienes tocan los mismos instrumentos guardados en este espacio: unas congas, panderetas, un agogo de castañas y el berimbau —un instrumento con forma de arco que otorga una melodía de sonido metálico al ritmo de las congas—.

Esos son los mismos instrumentos que tocarán el Moica con sus cinco alumnos para comenzar este entrenamiento, que durará un poco más de una hora y se traducirá en al menos cuatro camisetas empapadas de sudor. 

Tras una serie de prácticas de movimientos acrobáticos, las siete personas forman la roda y, una tras otra, entran al círculo para jogar al ritmo de la música del video en YouTube que está allí desde el inicio del entrenamiento. 

El primero que entra es el Moica, quien se mueve con una agilidad y precisión que parecerían impropias de su figura fornida; impropias de un hombre con solo un riñón, pues le donó el otro a su mejor amiga hace casi seis años; impropias de alguien a punto de cumplir 40 años. 

Pero su jogo, tanto en el video como en esta roda, es calmado, preciso y alegre: con movimientos que no pierden la cadencia de la música que ordena a todos quienes entran al círculo de esta noche. Es como si estuviera en su hogar, como si dentro la roda volviera a ser ese niño de 13 años que empezó su travesía por la capoeira.  

Todo termina con las siete personas reunidas para tocar nuevamente los instrumentos del inicio. El Moica da por finalizado el entrenamiento: necesita descansar, pues mañana sábado volverá a entrar a la roda para un evento y el domingo también lo hará, y quizá la próxima semana vuelva a viajar a Brasil para seguir aprendiendo de su disciplina. 

—La capoeira es mi identidad. Me considero un capoeirista de cuerpo y alma —afirma el Moica.

Y de eso no quedan dudas.  

*Este trabajo fue realizado para el electivo Taller de perfiles, a cargo de la profesora Yenny Cáceres.