El actual edificio del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) pasó por diversos procesos históricos y ha sido un reflejo del devenir del país. En un inicio fue concebido para albergar la tercera Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (Unctad). Aunque, más allá de su materialidad, el edificio ubicado en plena Alameda reflejó en sus inicios los ideales del gobierno de la Unidad Popular. A 50 años del golpe de estado que derrocó al Presidente Salvador Allende, los protagonistas de la construcción del complejo arquitectónico recuerdan la magnitud del desafío de terminar la obra en tan solo 275 días.


En marzo de 1971, en una concentración pública en la Plaza de la Constitución, el Presidente de la república Salvador Allende se dirigió a los ciudadanos y ciudadanas que se encontraban en el lugar. Durante su discurso anunció que la tercera versión de la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo se realizaría en Chile. En sus palabras, el mandatario señaló el desafío de construir un recinto para recibir el evento donde participarían cerca de 3 mil delegados. Además, el tiempo jugaba en contra: debía inaugurarse el 5 de abril del año entrante.

En medio de ese tumulto de personas, se encontraba Miguel Lawner, que como un chileno más se dispuso a escuchar al mandatario.  Al igual que el resto de asistentes, el arquitecto y, en ese entonces, director ejecutivo de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) reflexionó en torno al futuro del evento: “Es una misión imposible”, pensó para sí mismo.

Pocos días después Lawner recibió una llamada de La Moneda. El Presidente lo convocó para armar un equipo encargado de construir un edificio que pudiese recibir el evento. Se puso sobre la mesa la idea de ocupar el estadio redondo del actual Parque O’Higgins. Pero Lawner se opuso y recomendó iniciar la construcción desde cero. Para fortuna del arquitecto y su equipo, la CORMU estaba desarrollando la remodelación de las Torres San Borja, que originalmente contemplaba la acera norte de la Alameda. Así, decidieron iniciar en ese terreno la construcción del nuevo edificio.

La Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo, Unctad por su sigla en inglés, era la oportunidad para el gobierno popular de dar a conocer al mundo el avance de sus reformas y el proyecto de la Unidad Popular. Al mismo tiempo, se intentaban fortalecer las relaciones diplomáticas con otros países en vías de desarrollo.

“Tendremos la responsabilidad de dar a conocer ampliamente el pensamiento de un pueblo que cree en el futuro de la humanidad cuando la técnica y la ciencia se pongan al servicio del hombre. Cuando el hombre no sea prisionero de la economía” declaró Allende en su discurso inaugural, dos días antes de la fecha presupuestada. El edificio se construyó en 275 días logrando el objetivo de tener un espacio para la convención internacional.

En tanto, la construcción de este edificio no se proyectó solamente como un centro de convenciones, sino que una obra que diera paso a la cultura, al arte, al diálogo entre chilenos y chilenas. Así lo planteó Salvador Allende en el mismo discurso: “Que venga el pueblo a ver el teatro, el cine, la danza, la música, a oír las conferencias y a dialogar”.

Construcción del edificio Unctad III. Fotografía: GAM

“Construir un sueño”

En la construcción del edificio destinado a albergar la Unctad III participaron más de mil obreros, cuyos orígenes eran diversos. Del norte, del sur, de los valles y de la costa. Trabajadores de todo Chile radicados en Santiago con un mismo objetivo: levantar la obra en 275 días y demostrar a Chile y al mundo la calidad del obrero nacional.

Uno de los más jóvenes fue Marco Silva, quien con tan solo 17 años arribó a la construcción motivado por los ideales del gobierno de la Unidad Popular, que también lo llevaron a militar en las juventudes comunistas. Así, estudiaba por las noches para terminar la educación secundaria y de día se desempeñaba como ayudante soldador. Debido a su edad, se vio en la obligación de conseguir un permiso de algún mayor dentro de su familia. Así, su hermana firmó los papeles correspondientes, por lo que el proceso fue totalmente legal.

La obra fue diseñada por los arquitectos José Covacevic, Sergio Medina, Hugo Gaggero, Sergio González y Juan Echeñique: todos bajo la coordinación de Miguel Lawner, quien había apoyado en las 4 campañas a Salvador Allende. Los cinco arquitectos nunca habían trabajado juntos. “Solo nos conocíamos porque nos peleábamos los concursos” recuerda Gaggero en conversación con Doble Espacio.

Pero, esta obra no era una construcción más: era el símbolo del gobierno de la Unidad Popular, en tiempos en que las críticas internacionales y de la oposición local empezaban a caer sobre su gestión. El compromiso político emanó del gobierno y alcanzó a todos quienes dedicaron parte de su tiempo en lograr la hazaña de construir un centro de convenciones, que además llevara impregnado el espíritu popular de Chile. “La mayoría de los obreros estaban comprometido con el gobierno de Allende para sacar este edificio, terminarlo, y era un orgullo, una forma de demostrarle al mundo que éramos capaces de levantarlo”, señala a Doble Espacio Marco Silva.

La calidad laboral de los obreros fue la tónica de los 275 días. Marco rememora que a las 10.00 horas se le entregaba a cada uno de los trabajadores medio litro de leche, a las 12.00 se servía el almuerzo y a las 16.00 se repetía la entrega matutina. Además, recuerda que en la época estival el Presidente Allende puso a disposición buses para que trabajadores y sus familias pudieran disfrutar de sus vacaciones en el litoral. “Jamás viví, y creo que Chile tampoco, esa unidad, la creatividad, el compromiso del obrero y de los jóvenes”.

El impacto de esta construcción no solo marcó a quienes fueron parte de las obras como Silva, Gaggero y Lawner, sino a todos quienes transitaban por la Alameda y observaban el gigante cartel que señalaba cuantos días habían trabajo y cuantos les quedaban para terminar el edificio. “Me tocó que me subí al bus y pasó al frente del edificio y todos los pasajeros discutían sobre si se lograría la hazaña de construirlo en tan solo 275 días”, comenta Lawner a nuestro medio.

El director de la CORMU también destaca el cuidado de la clase obrera en la construcción de la Unctad. Afirma que fue la primera vez que, en Chile, los trabajadores tenían la obligación de ocupar arneses para evitar caídas desde las enormes vigas que dieron forma al edificio. Si bien no todos los obreros acataban la norma del uso del arnés, la disposición y el cuidado hacia ellos estaba por parte de la administración. “Había todo los implementos de seguridad. Pero uno era más arriesgado porque la obra había que terminarla” señala Silva remarcando su compromiso el de sus compañeros.

Debido a la magnitud material y política del edificio de la Unctad, los tijerales no podían quedar al debe. Y no lo hicieron. Lawner recuerda que un día el Presidente llegó a visitar las obras y en la amistosa relación de Allende con los trabajadores, estos le preguntaron: “bueno Presidente ¿y los tijerales?”. A lo que el jefe de estado respondió: “Muy bien, yo pongo el vino y que la empresa constructora ponga la carne, pero con un compromiso, ustedes vienen con sus mujeres”. Respuesta que fue un golpe para los trabajadores de la época que acostumbraban asistir a estas celebraciones sin su familia para vivir el jolgorio sin mayores presiones. A pesar de todo, aceptaron. “¿Cómo cresta le iban a decir que no al Presidente?” cuenta el arquitecto.

Lawner recuerda que el día de los tijerales llegó a la obra a las 9.30 horas y ya estaban en la Alameda las esposas de los obreros vestidas elegantes acompañadas de sus hijos e incluso algunas con sus perros. Se prepararon mesas para cerca de 2 mil personas y cerraron la principal avenida de la capital entre Plaza Dignidad y Portugal para celebrar al obrero chileno y su compromiso con la construcción de la Unctad.

Si bien, Marco Silva se incorporó a la construcción una semana después de los tijerales, recuerda que sus compañeros comentaban con alegría la magna celebración. “Era a todo ritmo, con carne, a la chilena, rodeado de vino tinto. Y con toda la familia, todos los niños. Fue muy linda esa cuestión”, comparte.

A la cabecera de una de las mesas se sentó el Presidente Salvador Allende quien compartió con los obreros. En dicha ocasión se le entregó a cada trabajador un folleto con parte del discurso del Presidente y el nombre de cada uno de los trabajadores. De pronto, uno de los asistente se acercó a él y le dijo “compañero fírmeme aquí, junto a su nombre”. Lawner señala que eso provocó que todos los asistentes quisieran la firma del mandatario por lo que se formó una “cola” gigante y tras media hora, el edecán tuvo que retirar a Allende, sino “él se habría quedado hasta la noche”.

El arquitecto reflexiona en torno al significado social que tuvo el desarrollo de esta obra y lo compara con las políticas públicas de hoy en día y las opiniones que a día de hoy se dan sobre el gobierno de la Unidad Popular. “Chile fue una fiesta antes del último año, los primeros dos años fueron los años más felices que jamás ha tenido el pueblo de Chile en su historia”, reflexiona en torno a esta celebración y la generalidad del trato hacia el obrero chileno.

 Entre obreros y arquitectos

Salvador Allende y Miguel Lawner en las obras de Unctad III. Fotografía: Archivo Miguel Lawner

Fue el 2 de mayo de 1972, cuando el Presidente Salvador Allende envió al Congreso un proyecto de ley para crear una comisión destinada a la construcción del edificio Unctad III. La primera comisión provisoria estuvo a cargo del arquitecto Felipe Herrera. En un inicio, la Organización de las Naciones Unidas no le había mandado a la comisión los requerimientos necesarios para comenzar las obras, el líder de la comisión, tuvo que viajar a Nueva York para obtener el programa.

Ante el debate sobre ocupar un edificio antiguo, el Presidente Salvador Allende no tardó en decidir sobre el futuro de la construcción. “Le planteamos las dos opciones, él en un instante golpeó la mesa y dijo ‘en la Alameda, para que lo vea todo el mundo’, opción que, a nosotros, tecnócratas, no se nos había ocurrido como algo definitorio la ubicación”, explica Miguel Lawner sobre el terreno elegido.

En el lugar, cercano a la casa central de la Pontificia Universidad Católica de Chile y al sector de San Borja, se tenía contratada la construcción de la torre Villavicencio, que después formaría parte de Unctad III. El edificio de 24 pisos serviría como hotel para los delegados de la conferencia. Los últimos dos pisos fueron solicitados por el Presidente Allende para armar una suite presidencial, y la parte superior contaba con un helipuerto.

La Unctad III fue construida casi exclusivamente con materiales chilenos. Se constituyó de una placa que cubre el techo, pilares de hormigón, murallas de piedra. Desde la fachada, se alzaba en la Alameda como una edificación imponente y uniforme. Separada por dos secciones, la entrada del establecimiento proyectaba un vitral de colores que daba hacia el techo. Adentro, las salas y auditorios estaban adornadas con obras de artistas chilenos que colaboraron con el proyecto.

A la vez que se levantaba la edificación, se pensaba en el resultado estético final. Las decoraciones y ambientación del espacio fueron encargada a un grupo de artistas plásticos nacionales, que con una paga no superior a la de tres sueldos de obrero campesino calificado colaboraron en la construcción de Unctad III. Se hicieron responsables de completar el espacio con una unión entre arte y arquitectura, presente en los tiradores de las puertas, los pavimentos, los cielos y las paredes. Ese equipo estuvo conformado por artistas como: Marta Colvin, Roser Bru, José Balmes, Nemesio Antúnez, Carlos Ortúzar, entre otros. Todos ellos, comandados por un coordinador: Eduardo Martínez Bonati.

“No hay edificio en Chile, ni antes ni después, que haya tenido ese nivel de arte y arquitectura”, señala Miguel Lawner sobre la colaboración. El arquitecto también agrega que, si bien, se colgaron telas con cuadros en las paredes, las obras fueron pensadas y realizadas de manera específica para Unctad III. “Los artistas así lo pensaron y se sintieron motivados, comprometidos. No hubo artista que no quisiera participar, por lo que tomamos una decisión que fue muy atinada”.

En esa misma línea, la construcción que albergó la reunión de diplomáticos extranjeros pasó a ser administrado por el Ministerio de Educación. Así, se inauguró un centro cultural y artístico al servicio de la ciudadanía bautizado con el nombre de la primera escritora chilena y latinoamericana en ganar el premio Nobel: Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral.

Derrumbe de ilusiones

Marco Silva sosteniendo una fotografía donde está acompañado del presidente Salvador Allende. Fotografía: Francisco Lucero Robles

El 11 de septiembre de 1973 la dictadura arrasó con la democracia y la Unidad Popular. El Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral, ícono arquitectónico del gobierno, no fue la excepción. Tras el bombardeo a La Moneda, dicho edificio quedó inutilizable como casa de gobierno por lo que la Junta Militar se asentó en lo que para muchos no fue solo un edificio, sino que un sueño y una muestra de lo que la organización popular en Chile era capaz de hacer.

Para Marco Silva, quien se define como el “eterno obrero”, la instalación de la Junta Militar significó el fin de su sueño de ser profesor de primaria. A partir del 11 de septiembre debió huir de Santiago al sur en reiteradas ocasiones para zafar de la búsqueda de los militares que lo perseguían por su calidad de dirigente y fiel simpatizante de la Unidad Popular. La dictadura “con solo tomarse ese edificio destruyeron todos los sueños de quienes lo construimos. Y me cuento yo, sigo trabajando, gracias al golpe militar que me destruyó todo”, dice emocionado.

La dictadura le cambió el nombre de Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral por Edificio Diego Portales, estableciendo así un cambio rotundo en la significación del edificio. En términos prácticos la nueva gestión dictatorial cercó el edificio, dejando atrás la idea de generar un espacio abierto a la comunidad por un lugar cerrado solo para militares y cómplices pasivos del nuevo régimen. “El edificio jamás fue concebido para que se defendiera. Sino para que fuera un lugar abierto, conectado al resto de la ciudad” señala Irma Cáceres, directora del Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral durante los meses previos al golpe de estado en el documental Escapes de Gas (Bruno Salas, 2014).

Aunque esa no fue la única modificación material que le realizaron al edificio. La pérdida y robo de obras de artes fue la tónica. “Yo tengo un listado completo de las obras de arte, desaparecieron muchas”, afirma Gaggero. Uno de los principales elementos perdidos fueron los diversos murales que constituían las diversas salas y pasillos del edificio que actualmente son calificados como “desaparecidos” por la administración de GAM.

A pesar de esto, hay uno de estos murales que se mantiene intacto hasta el día de hoy en la planta baja del edificio realizado por José Venturelli. De acuerdo con información de GAM, la “temática y técnica es un fiel reflejo de los años 70”. En él se puede apreciar al obrero chileno y la naturaleza del país. La conservación de este mural es llamativa debido a las ideas que defendía el autor. “Venturelli era comunista, realmente era un tipo que era un claro opositor a la dictadura”, aclara Gaggero.

Ante esto, el arquitecto explica que la pérdida de obras de arte tiene relación con el no entendimiento de las piezas artísticas y supone que si mantuvieron el mural de Venturelli fue porque “entendieron el cuadro, les gustó, sin saber que él (Venturelli) era comunista”.

Lawner comparte dicha explicación con Gaggero sobre la desaparición de múltiples obras entregadas por la amplia gama de artistas chilenos que quisieron colaborar. “La mayoría de las obras que destruyeron o que se robaron fueron porque correspondían a obras incapaces de ser entendidas”, por los militares y quienes administraron el usurpado edificio.

En cuanto a los planos, Gaggero afirma que él entregó sus versiones originales, hechos a mano en papel diamante correspondientes a la época, a la Pontificia Universidad Católica y posteriormente fueron almacenados en la Biblioteca Nacional. Sin embargo, con el pasar de los años estos se perdieron porque fueron retirados del archivo por Pinochet y “nunca más se supo de los planos originales”, cuenta el arquitecto.

Tras el retorno a la democracia en 1990, la Torre Villavicencio fue entregada al Ministerio de Defensa para desarrollar sus actividades en dicho lugar. Por su parte la placa fue utilizada como centro de convenciones hasta que, en el 2006, el en ese entonces Edificio Diego Portales sufrió un voraz incendio. Luego del siniestro, las autoridades definieron reconstruir el edificio principal y destinarlo a ser un centro cultural tal como lo soñó Allende y los obreros que participaron en su construcción durante 275 días.

Memoria arquitectónica

Miguel Lawner, Hugo Gaggero y Eduardo Martínez Bonati en la celebración de los 50 años del edificio Unctad III (3 de abril de 2022). Fotografía: GAM

En el marco de la celebración de los 50 años de la inauguración del edificio Unctad III, el equipo del Centro Cultural Gabriela Mistral convocó el 4 de abril de 2023 a una reunión a los partícipes y protagonistas del proceso de construcción del establecimiento. Ante el público, Felipe Mella, director ejecutivo de GAM, conmemoró a los artistas que murieron antes del acto conmemorativo. “Las celebraciones de este año renuevan nuestro compromiso con la memoria de este edificio. Hemos trabajado más de 8 años en recuperar su colección artística que nos recuerda el sueño de una generación y nos proyecta como sociedad”, explicó Mella.

Un edificio que comienza a recuperar su historia. El establecimiento, con el pasar de los años, vuelve a estar para la gente. El sitio que, por un par de meses en la década de los setenta sirvió a la ciudadanía como un centro cultural, opera para difundir las nuevas producciones artísticas nacionales. “Hay que reconocer que, en el marco de una sociedad mercantil como esta, el GAM con todo ha heredado de alguna manera ese espíritu abierto y popular que tuvo la Unctad”, explica Miguel Lawner.

Las experiencias y las memorias de Unctad III, a 50 años del golpe de Estado en Chile, vuelven a hacerse presentes. Pero, a pesar de que existen esfuerzos por recuperar el aspecto de la edificación, de todos modos, se han propuesto planificaciones para cambiar el mobiliario del centro cultural. “Ya no se va a demoler, porque se ganó la pelea contra los que querían demolerlo. Eran gallos interesados en que el terreno se lo dieran para hacer otro edificio. Pero no está claro su destino”, explica Hugo Gaggero sobre el futuro de la edificación.

Para los ciudadanos, es un espacio reconocido de Santiago. Un edificio que forma parte del entramado patrimonial y arquitectónico perteneciente al territorio del Cerro Santa Lucía y Barrio Lastarria, y que también fue protagonista de la revuelta social iniciada en octubre de 2019, como museo abierto de y para la ciudadanía.

 

Arte callejero en el GAM Foto C. Trejo

Al pensar en Unctad III después de media década del golpe de Estado, Marco Silva piensa que es necesario mantener activos los deseos e ideales de la Unidad Popular. “Este aniversario de 50 años, no es para el olvido y el negacionismo. Es una forma de mirar más allá de nuestras narices y seguir el nuevo futuro, además de cumplir la misión del compañero Allende”, dijo Silva.

Ante los cambios políticos, la persistencia de la memoria y el negacionismo, Unctad III es, para muchos y muchas, un edificio que perdura como registro de la historia arquitectónica chilena. Un ejemplo de la unión entre arte y arquitectura al servicio de la ciudadanía. En sus paneles, vigas de hormigón, placas y estructuras metálicas, continúa vivo el registro del esfuerzo de profesionales, obreros y artistas.

Las palabras del presidente Salvador Allende en la inauguración de la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas siguen estando presentes. La edificación, como portadora del esfuerzo obrero y profesional, se une al relato de los artífices de Unctad III que todavía viven para contar su historia.

“La pasión y el fervor con que todo un pueblo construyó este edificio son un símbolo de la pasión y el fervor con que Chile quiere contribuir a que se construya una nueva humanidad que haga desaparecer la necesidad, la pobreza y el temor, en este y en los otros continentes”.