La última vez que Andrea Silva vio a Luis Escárate, su profesor de Física en el colegio, fue en 2006. Trece años después, se reencontró con su imagen, pero era una foto que lo mostraba vendiendo pañuelos desechables y lápices a la salida de una estación de Metro. No sabe por qué una de las personas que más admiró en el colegio pudo haber pasado del aula a las escalinatas de una estación. Sin embargo, desde que comenzó a rastrearlo, intuye que es el mismo final de muchos profesores en Chile. Esta es la historia de esa búsqueda.

 

El martes 18 de junio, Andrea Silva, peluquera y cocinera de profesión, se preparaba para ir al centro de Santiago, cuando recibió por Whatsapp un mensaje de su amiga y ex compañera de liceo, Nataly Nebott: “Oye, acabo de salir del Metro Santa Isabel y mira a quién me encontré”.

Era la imagen de un hombre canoso, de tez morena, con bigote, ojos hundidos y rostro arrugado. Vestía un abrigo morado desteñido y unos pantalones color capuchino. Estaba sentado en una banca de hormigón rojo, con sus manos entrelazadas, mirando hacia Nataly, mientras ella le tomaba una fotografía con una cámara que él parece no haber notado. Era su antiguo profesor de Física, Luis Escárate, del Liceo Clelia Clavel Dinator (barrio Yungay), vendiendo pañuelos a 500 pesos, en la salida oriente del metro Santa Isabel.

Para Andrea, de 30 años, el tiempo no había pasado en el rostro de su profesor. Solo notó una leve pérdida de peso. Parecía ser el mismo que se paseaba por los pasillos estrechos del liceo. El mismo que, durante la toma del liceo, en el contexto de la “revolución pingüina” de 2006, se paró al lado de la directora con una pancarta que decía: “No se dejen caer”.

La noticia dejó impactada a Andrea. Al día siguiente, no dudó en hacer uso de sus redes sociales para darle una mano:.“Lo publiqué para que la gente lo ayude, lo apañe, porque no es una persona más, él fue un aporte para la sociedad”, dice, mientras abre una Coca Cola, toma un trago de la lata y se sienta en un banquillo alto de una cafetería, en el centro de Santiago.

 

Andrea Silva busca a su profesor.

Rojos, ciencia y memoria

En conversaciones con otros ex profesores, y ex colegas de Luis, Andrea constató que las respuestas y reacciones a la noticia eran las mismas. Nadie podía creer que el profesor de Física, el del infaltable delantal blanco —que jamás se quitaba—, y el que “repartía rojos” cuando se molestaba, estuviera vendiendo pañuelos en el Metro.

Victoria Berríos, profesora de historia del Liceo Clelia Clavel Dinator y cercana a Luis, también fue tocada por la noticia: le había perdido la pista hacía unos ocho años, luego de que fuera despedido junto a 40 colegas del establecimiento.

Al teléfono, lo recuerda como un hombre reservado, exigente, amante de la buena mesa y que disfrutaba de su pasión por la ciencia. “Con el eclipse me acordé de él, porque siempre estaba incentivando a las estudiantes a abrir su mundo a la ciencia y confiar en las capacidades que tenían”, cuenta Victoria.

Al igual que Andrea, dice que conoció a “Lucho” cuando él ya tenía unos setenta años, aunque no está muy segura. Había comenzado a trabajar en el liceo luego de estar fuera de Chile por más de 25 años. Esto –comentan quienes quienes lo conocieron–, ya que se autoexilió en 1973, tras sufrir de persecución política. Su primer destino fue Ecuador, donde se casó. Después, se asentó en Argentina, país que lo habría golpeado con el “corralito”, haciendo casi obligatorio su retorno a Chile.

Victoria cree que su situación actual se debe al poco tiempo que trabajó, porque su especialidad le significaba tener muy pocas horas en el liceo. Ya que en Chile la jubilación promedio de un docente bordea los 300 mil pesos mensuales, Luis pudo haber seguido los pasos de 37 mil 147 docentes que han decidido continuar trabajando, en vez de retirarse, para subsistir.

Tanto sus excolegas como los actuales profesores del Liceo Clelia Clavel Dinator, tienen ánimo de colaborar, cuenta Berríos, pero ha sido imposible localizar a Luis. Solo una colega pudo contactarlo para ofrecerle ayuda, pero luego de ese diálogo, las posteriores visitas al Metro Santa Isabel fueron en vano. El profesor ya no se encontraba allí: “No conocemos una dirección donde ubicarlo”, dice Victoria.

En unos de los grupos de Facebook que buscaba organizar la ayuda para Luis, Andrea se enteró de que  arrendaba una pieza en Providencia, y que tenía dos hijas que también son profesoras.

“Me gustaría mucho saber cómo se siente, cómo está. No sé si tiene algún tipo de enfermedad y si por eso está recurriendo a hacer más lucas”, dice Andrea sobre el profesor que, a pesar de los dolores reumáticos y a su avanzada edad, se daba ánimo para asistir a clases todos los días.

Los recuerdos de sus clases parecen llegar como flashes a la cabeza de Andrea, quien no olvida los esfuerzos del profesor para enseñarles que la ciencia podía estar en las cosas más cotidianas. Que todo el mundo es capaz de experimentarla.

 

Santa Isabel sin pañuelos

Marcela, dueña de un kiosco en la salida oriente del Metro Santa Isabel, fue quien vio por meses a Luis. La mujer cuenta que el profesor llegaba todos los días cerca de las 9 de la mañana, a vender sus pañuelos. Se iba mucho después que ella. “A veces yo me iba porque estaba chispeando, y él se quedaba. Se resguardada de la lluvia quedándose en la mitad de la escalera. Como era de edad, los guardias no le decían nada”, dice.

Nunca sostuvo una conversación con él, pero Marcela recuerda que siempre estaba pulcro, sin signos de vivir en la calle ni de poco aseo personal. Tampoco supo que era profesor, hasta que muchas personas llegaron a su kiosco en busca de respuestas sobre su paradero.

Andrea fue una de las muchas personas que llegaron hasta Marcela. Ella guardó su número telefónico, y el de dos exalumnas más, para llamarlas si hay noticias.

“Me gustaría mucho encontrarlo y saber el meollo del asunto, por qué está haciendo esto”, dice Andrea, que aún espera el llamado de Marcela. Sin embargo, ya van dos semanas desde que ella no lo ve en el metro. La última imagen que tiene de él es de cuando los inspectores municipales lo sacaron de la banca que ocupó algunos meses para vender sus pañuelos y lápices.

“Yo sé que trabajaba en Irarrázaval, afuera del supermercado Tottus, pero no sé si estará allá”, comenta Marcela, mientras guardias y trabajadores de aquel lugar indican que nunca han visto a alguien con sus características.

Marcela sigue abriendo su kiosco cada mañana en la salida oriente del Metro Santa Isabel. Un número de teléfono, escrito sobre un papel de boleta sigue guardado en una caja de metal. Es el número de Andrea, quien continúa esperando un llamado que le diga que su exprofesor ha vuelto al metro, a vender sus pañuelos y sus lápices.

 

 

Camila Caris

Estudiante de Periodismo de la Universidad de Chile

Bárbara Paillal

Estudiante de Periodismo de la Universidad de Chile