El 25 de abril se estrenó Tarde para morir joven, que le valió a la cineasta chilena el premio a la mejor dirección en el Festival de Locarno. Con un alto componente autobiográfico, la cinta retrata una comunidad alejada de Santiago, en 1990. Una historia inspirada en la que vivió de niña, en la Comunidad Ecológica de Peñalolén, mismas locaciones donde filmó, un cuarto de siglo después. Aquí, habla del proyecto que tomó seis años en concretarse, de los desafíos que enfrentó y de cómo documentar emociones.

 

“Estoy arriba de un avión mientras te respondo”, se excusa Dominga Sotomayor, en vuelo tras participar en el Festival de Cine Independiente de Lisboa, donde a comienzos de mayo exhibió su última película, Tarde para morir joven (2018).

Desde su estreno en agosto pasado, el filme y su directora han recorrido distintos festivales, además del portugués, como Toronto, Gijón y Locarno. En este último hizo su debut, convirtiendo a la chilena en la primera mujer en ganar el Leopardo de oro a la mejor dirección.

“La historia y el cine siempre han sido vistos y escritos por hombres. La igualdad de visiones y la voz de las mujeres se están haciendo presentes, y eso es genial. Uno no puede valorar lo que no conoce, y ahora se están haciendo y se están conociendo más películas de mujeres, lo que me parece bueno”, comenta la directora. Agrega que es importante ampliar las perspectivas en todo sentido, y espera que “ojalá lleguemos a una época en que el género no sea el tema principal”.

Para Sotomayor, la belleza del cine está en que es político, “porque es una visión particular sobre el mundo hecha pública”; una reflexión que fundamenta su trabajo, en el que busca mostrar recuerdos y observar en detalle la complejidad de las relaciones humanas: “Entre pares, entre distintas generaciones, del hombre con la naturaleza”.

Tanto De jueves a domingo (2012, su ópera prima) como Tarde para morir joven tienen narraciones desde lo cotidiano, desde las relaciones familiares, incluyendo a niños y niñas entre sus protagonistas, contando sus historias con el mismo peso que las de los mayores.

En su última película se destacan las diferencias generacionales y el crecimiento de sus personajes, definiéndose en el género coming of age (sobre gente que alcanza la madurez o cambia de ciclo vital). Sofía (16), Lucas (16) y Clara (10) enfrentan miedos, decepciones y amores en una comunidad alejada de la ciudad, que sin energía eléctrica ni mayores comodidades, se prepara para la fiesta de Año Nuevo de 1990.

Dominga Sotomayor tenía cinco años para esa fecha y vivió hasta los 20 en la Comunidad Ecológica de Peñalolén. “Mis papás se habían ido a vivir allá con no más de diez familias, en medio de la naturaleza y un poco alejados de la ciudad”, cuenta.

El 1° de enero de 1990 hubo un incendio en la comunidad y, previo a la realización de Tarde para…, Sotomayor encontró cintas VHS con grabaciones de ese día: “Se ve gente tratando de apagar el fuego, llamas fuera de control y árboles quemándose, todo rodeado de humo. Cuando vi esas imágenes, me impactó la vulnerabilidad de ese mundo que parecía tan idílico y lo absurdo de esas pocas personas creyendo que podían apagar el fuego”.

A partir de esos recuerdos, inspirada por fotos de la época, comenzó a escribir el guión de una película que, en sus palabras, “es una posibilidad de mirar hacia un tiempo diferente, lleno de curiosidad, desconectado; de capturar una forma de vida que ya no parece posible. Todo gira en torno a la posibilidad de desaparecer; la película retrata a un grupo que eligió vivir lejos de la ciudad en un ambiente natural y, sin embargo, son amenazados simultáneamente por él, confinados a su auto-exilio”.

Su último proyecto demoró años en realizarse. Desde 2012 fue apoyado, entre otros, por los festivales de Sundance y Rotterdam (el mismo que premió a De jueves a domingo), pero durante tres años consecutivos no consiguieron el Fondo de Producción Audiovisual en Chile. Mientras tanto, dirigió el corto La isla (2013), el mediometraje Mar (2014) y Los barcos (2015, otro corto). Y, como si fuera poco, creó la productora Cinestación con los directores Omar Zúñiga y Catalina Marín, produciendo a otros realizadores de Chile y de Latinoamérica.

Retratar un colectivo

En 2016, finalmente, RT Features (Brazil, Call me by your name) se interesó en coproducir Tarde para…, y filmaron al año siguiente. “Creo que en todo ese tiempo el proyecto fue ganando capas, se fue transformando; yo fui cambiando también mi manera de verlo, fueron varios años”, cuenta.

Pese al componente autobiográfico de esta producción, la cineasta de 34 años asegura que “no hay un intento de documentar la comunidad tal como fue ni mis vivencias”. Que hay una mezcla de cosas reales y ficticias. “Hay elementos míos, o de personas que conozco, en todos los personajes. Tengo recuerdos muy lindos de la infancia en la Comunidad Ecológica, subiendo el cerro después de que llovía, ver la nieve, jugar con vecinos, andando sola entre las casas. La perra que se perdió, por ejemplo, es algo que nos pasó más o menos parecido en una ciudad del sur”, recuerda la egresada de la Universidad Católica.

Foto: Julie Cunnah

Su intención, dice, era “capturar la sabiduría de los niños y la torpeza de los adultos; esa melancolía extraña que tenemos al crecer. Hacer un retrato colectivo, porque en cierta medida, hablar de uno de ellos en particular define el estado general. La atención está puesta en unos pocos, pero en todos a la vez, determinando la importancia del grupo antes de las individualidades”.

Es por la misma dispersión propia de las etapas en las vidas de sus personajes, que la estructura narrativa no podía ser de otra forma: orgánica y abierta, con digresiones e intermitencias. “Tiene que ver con la naturaleza y la indefinición de ese lugar, quizás también con la manera en que recordamos las cosas. En esos momentos que están menos definidos, donde la narrativa está perdida, veo la oportunidad de documentar emociones”, comenta.

En su estilo poco convencional, también se presenta el deseo de generar incomodidad en el espectador al no entregar un producto resuelto: “Me interesa dar esta imagen a la gente, incompleta, y que los ellos la completen, dar un tiempo, y que en el mejor de los casos la película les quede resonando, los haga reflexionar sobre ellos mismos y acordarse de cosas que se les han olvidado”.

La posibilidad de realizar diferentes lecturas se da en la narración, pero también en la ambigüedad en el título. Sobre esto, Sotomayor cuenta que “fue un gatillante para la escritura, de las primeras cosas que pensé. Cada uno puede leerlo como quiera, cada uno puede completarlo, como con la película. En español tiene ese doble sentido de ‘es tarde’ y de ‘esa tarde en particular’ (la del incendio) para morir jóvenes”.

En inglés, el título Too late to die young mantiene el sentido de la interpretación de la autora: “Para mí, tiene que ver con la pérdida temprana de ciertas ilusiones, con esos jóvenes y adultos que se sienten viejos aunque son muy jóvenes, con un país adolescente y desilusionado, con la nostalgia de que ya es ‘tarde para…’. Que ya no se puede volver atrás”.

Tarde para morir joven sin duda fue un desafío para Sotomayor. “La película más compleja que he hecho”, asegura. La búsqueda del retrato colectivo y la incorporación de varios personajes e incluso animales, sumado a la odisea del proceso de financiamiento, supone variadas dificultades. Sin embargo, insiste en que “el rodaje fue increíble, se armó una verdadera comunidad de gente, lo pasamos muy bien. Es una película hecha con el cariño y trabajo de muchas personas”.

Para la directora, si bien le son interesantes todas las formas de ver películas, por los desafíos y posibilidades que presentan, mantiene el sentido de lo colectivo, incluso para el espectador. “Creo en el cine y en la experiencia colectiva: esta es de las películas que es mejor ver en el cine, porque es más cercana a una experiencia sensorial que a una historia convencional”, plantea. “La textura, los detalles de la imagen y el sonido, son diferentes en una sala de cine”.

A nueve meses su estreno en Suiza, la película finalmente llegó a las salas chilenas el 25 de abril, el mismo día del esperado debut de Avengers: Endgame, una situación que no llama la atención de la cineasta. “Es la realidad de la cartelera chilena siempre. Me gusta que Tarde para morir joven fuera la alternativa, porque no a todos les interesa lo mismo, necesitamos más variedad. Creo que Avengers es una película para olvidarte un rato de ti mismo. Tarde para morir joven, todo lo contrario”, concluye.

Camila Magnet Morales

Periodista de la Universidad de Chile.